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Cristian Rivera Suazo: “Con María, ay de mí sino evangelizara”

A pocos días de su ordenación diaconal el seminarista de nuestra diócesis de Villarrica, Cristian Eduardo Rivera Suazo, compartió una entrevista con el departamento de comunicaciones diocesano, donde nos cuenta un poco de su familia, vocación, vida en el seminario, amor a la Santísima Virgen y proyección como servidor del Evangelio. Además, nos pide oración por él, los sacerdotes y seminaristas.

Desde ya, todos quedan invitados a acompañar a Cristian, en su ordenación diaconal, conferida por nuestro obispo, monseñor Francisco Javier Stegmeier, en la parroquia San Antonio de Toltén, este sábado 24 de marzo a las 11 de la mañana.

 

  1. Cuéntanos de tu familia y de tus primeros años de vida:

Somos una familia huasa, enraizada en tradiciones propias de nuestra tierra, a mucha honra, mi papá, mamá, hermano y tíos pertenecemos a un club de huasos, vivimos en el campo, en Toltén. En ella descubrí la fe, sobre todo en la figura de mis abuelas, tanto materna como paterna. La abuela materna es la viejita del Rosario, la piadosa, siempre está rezando por las vocaciones, y muchas veces, expresó que le hubiese gustado que uno de sus hijos hubiese sido sacerdote o religiosa, pero ninguno lo fue; ahora, si Dios quiere, un nieto lo será. Por la parte paterna, mi abuelita, era de carácter firme, fuerte, pero de esas viejitas católicas a la antigua, la que tenía una grutita fuera de la casa, que le colocaba flores y le prendía velas. Ellas fueron mi primer gran testimonio de fe, al mirarme, veo una herencia de ambas en mí: rezar el Rosario y expresar el amor a la Santísima Virgen, teniendo su imagen y preocupándome de su ornato.

 

  1. ¿Cómo se originó tu camino vocacional? ¿Qué personas han marcado tu vocación?

Yo desde chiquitito he dicho que he querido ser sacerdote, quizá uno cuando va creciendo, lo esconde un poco, no lo dice, pero está dentro.

No tengo un momento vocacional específico, sin embargo, al mirar mi historia, puedo decir, que la vocación nació en mi familia y en la vida parroquial. En la parroquia debo mencionar el testimonio de mis párrocos: el padre Orlando Rogel, quien me invitó a hacer monaguillo, a los 10 años, cuando andaba molestando por toda la iglesia, le dijo a mi mamá: “¿Por qué no le ponemos un alba? Si anda molestando, que ande con alba mejor”.Luego, llega a Toltén el padre Erwin Oñate, que con su vida me entusiasmó mucho, lo encuentro un loco enamorado por Jesús, todo lo que hace, es para dar a conocer a Jesucristo. Lo acompañaba al campo, tocando las bocinas, para ir a Misa, y así fue afianzando la vocación que tenía guardada.

Durante la enseñanza Media, me fui a estudiar a Pitrufquén, al liceo Monseñor Guillermo Hartl, un colegio católico del Magisterio de la Araucanía, donde maduré de vocación. Por mi personalidad, entré al Centro de Alumnos y a la Pastoral, allí conocí la figura de monseñor Guillermo, que junto con ser el segundo Vicario Apostólico de la Araucanía, fue párroco de mi pueblo, debido a esto, me vino el interrogante de ser capuchino, pero yo de pequeño conocía la parroquia, la vida diocesana, estar inmerso en la vida pastoral.

El padre Marcos Uribe ha sido mi director espiritual en todos los años de Seminario, me ha enseñado, acompañado, aconsejado, su testimonio de vida es un gran ejemplo para mí: misionero, mariano, bueno para rezar y por sobre todo fiel a la Iglesia. Es un sacerdote de la Diócesis de Temuco, que tiene 62 años de ministerio.

  1. ¿Cómo fue tu vida en el seminario?

Entré con 18 años al Seminario Mayor San Fidel, el 4 de marzo de 2011. Fue un tiempo muy bonito, la escuela del Evangelio, para estar con el Señor, aprender de Él, en la oración, el estudio, en la vida pastoral. Agradezco sinceramente al Seminario todo lo que me dio y cómo me formó.

  1. ¿Cómo proyectas tu ministerio diaconal?

 Con mi lema: “Ay de mí sino evangelizara”(1Cor 9,16).En el sentido no solamente de andar por las calles, sino que mi vida sea un Evangelio viviente. Sé que es un gran desafío.

  1. ¿Qué significado tiene para ti la Santísima Virgen María? Cuéntanos de la Carmelita peregrina.

 Como lo dije cuando llegué al Seminario: “Lo que quiero hacer es tomarme de la mano de una mujer, y no soltarme”, esa es la Virgen María. Así lo quiero, no soltarme de su mano, aunque, sé que me puedo soltar, pero tengo la certeza de que si así ocurriera, ella me volverá a tomar y me tomara más fuerte.

Por mi historia vocacional, que viene de mis abuelitas, la Virgen del Carmen ocupa un lugar muy importante. Mi abuelita se llama Albertina del Carmen, mi madrina es del Carmen, y es tan propio nuestro, aparte en mi vida yo siempre he sido muy patriota, por eso, tengo una gran relación con la Carmelita, pues como esclava del Señor, supo anunciar el Evangelio con su silencio, con sus intervenciones precisas, con su vida.

Sobre la Carmelita peregrina, es una larga historia: Cuando yo era pequeño, a mis 12 años, surgió esta tradición. La primera peregrina fue la Virgen de Lourdes, era de mi abuelita paterna; viajé a donde unos familiares a Caburgua y me llevé a la Virgen en el bus, la gente la miraba, me preguntaba por qué la llevaba, la tocaba, se persignaba, me llamó la atención la reacción de la gente, y de ahí para todos lados con mi Virgencita.

Después me fui al Liceo, a Pitrufquén, en el Mes de María, mi profesor compró una imagen, la “Medalla milagrosa”, con la cual, empecé a andar por las salas, haciéndome cargo de ella toda la enseñanza Media. Cuando ingresé al Seminario me fui con ella, pues el profesor me la regaló. En la Jornada Mundial de la Juventud de Brasil (2013) estuve cerca del Papa y a lo lejos bendijo mi Virgencita y la guardé como algo muy preciado. En ese mismo encuentro, llega la imagen de la Carmelita, fue un regalo de monseñor Francisco Javier, de ahí con ella para todos lados. Me ha acompañado a Tierra Santa, Roma, Argentina, ha recorrido muchos santuarios en Chile. En enero de este año, el Santo Padre la bendijo, tuve la posibilidad de saludarlo y decirle que era de Toltén, que estaba pronto a ordenarme, mientras hablaba con él, tenía la Carmelita en mis manos, él me preguntó “¿y esta imagen?”, yo le conté que me acompañaba para todos lados y le pedí si me la podía bendecir, él lo hizo, se tomó su tiempo, cerró sus ojos y la tocó, hizo una pequeña oración, luego nos dimos un abrazo.

  1. ¿Qué te gustaría pedirles a nuestros lectores?

 Somos mendigos de la oración, que recen por mí, en el Santo Rosario y en la Eucaristía. La vocación es una plantita que hay que regar, con la oración, para fortalecernos y animarnos. Que nunca dejen de rezar por nosotros, que El Señor me conceda la gracia de la fidelidad alegre hasta la muerte.