Home < Formación litúrgica < GUÍA LITÚRGICA DE LAS CELEBRACIONES DE SEMANA SANTA

GUÍA LITÚRGICA DE LAS CELEBRACIONES DE SEMANA SANTA

(Tomado de liturgiapapal.org)

La forma en que deben de celebrarse los oficios de Semana Santa se prescriben en las rúbricas que se encuentran en el Misal Romano. Sin embargo, queremos presentar algunas peculiaridades de estas celebraciones.

Misa Crismal

La Misa Crismal siempre debe ser presidida por un obispo, y ha de ser siempre concelebrada por el presbiterio de una diócesis, porque los sacerdotes son testigos del obispo en la bendición de los óleos, y cooperadores en el ministerio del santo crisma.

La Misa Crismal debe de realizarse, por norma general, el Jueves Santo por la mañana, siendo la última misa antes del Triduo Pascual. Sin embargo, si este día el clero y el pueblo no pueden reunirse fácilmente con el obispo, esta bendición puede anticiparse a otro día cercano a la Pascua, utilizando siempre la misa propia.

Pero lo mejor es realizarla el Jueves Santo por la mañana como una forma de preparar la Vigilia Pascual, en la que se usará el óleo de los catecúmenos y el Santo Crisma.

En esa misa también se renuevan las promesas sacerdotales por parte de los presbíteros, en memoria de la institución sacerdocio ministerial en la Última Cena.

A menos de que los recipientes que contienen los aceites que serán bendecidos sean muy grandes, debe haber una mesa al frente del altar para recibirlos, pero cuidando que no se obstruya la visión del conjunto.

La misa se desarrolla normalmente hasta que el anuncio del Evangelio. En su homilía, el obispo debe hablarles a los presbíteros sobre la lealtad que le prometieron y sobre la renovación pública de ese compromiso.

Después de la homilía el obispo, con mitra y báculo, sentado, les pregunta a los presbíteros sobre las promesas sacerdotales, con la fórmula contenida tanto en el Pontifical Romano como en el misal.

No se dice el Credo ni la oración de los fieles.

De acuerdo con la tradición litúrgica latina, la bendición del óleo de los enfermos se realiza antes de la doxología “Por Cristo, con Él y en Él…” de la plegaria eucarística; y el óleo de los catecúmenos y el Crisma después de la comunión. Sin embargo, los libros litúrgicos permiten que se lleva a cabo antes del ofertorio. Esta es la opción más usada, aunque no existe una razón para obrar de esta forma, ya que solo es un cambio de lugar de los ritos, lo no varía la duración de la Misa.

Si el rito se realiza por completo antes del ofertorio, se hace de la siguiente forma: los recipientes con los aceites que serán el óleo de los catecúmenos y de los enfermos son llevados por un ministro cada uno, y detrás de ellos, un ministro ordenado lleva el que será el Crisma. Por delante de todos, un cuarto ministro lleva el recipiente que tiene el perfume que se usará para que el obispo lo mezcle con el aceite antes de consagrarlo como Crisma. Mientras tanto, canta el himno “Oh Redemptor”.

 

Cuando llegan al frente, el ministro que lleva la vasija para el Santo Crisma, se la presenta al obispo, diciendo en voz alta: “Óleo para el Santo Crisma”; el obispo la recibe y se la entrega a uno de los diáconos que le ayudan, quien la coloca sobre la mesa que se ha preparado. Lo mismo hacen los que llevan las vasijas para el óleo de los enfermos y de los catecúmenos. El primero dice: “óleo de los enfermos”; el otro: “óleo de los catecúmenos”. El obispo recibe ambas vasijas y los ministros las colocan sobre la mesa que se ha preparado.

Tras ello, todos los concelebrantes se acercan a la mesa formando un medio círculo, aunque solo tomarán en la consagración del Crisma. El obispo, sin mitra, pronuncia la oración de bendición del óleo de los enfermos, con las manos juntas, y traza la señal de la cruz en la que prescribe la fórmula. Después, con los brazos abiertos, bendice el óleo de los catecúmenos con  la fórmula prevista y hace la señal de la cruz donde se indica.

Tras ello, el obispo mezcla el aceite con perfume para el Santo Crisma. Después, invita a todos a la oración y sopla sobre la vasija de acuerdo a la tradición litúrgica, en referencia al Espíritu Santo. Luego, con los brazos extendidos, recita la oración de consagración. Existen dos fórmulas. La primera hace mayor referencia a la importancia del aceite de olivo habla de la consagración de los profetas, reyes y sacerdotes, en relación con el bautismo. En el momento indicado,  los concelebrantes extienden su mano derecha hacia el crisma y re

Las vasijas se pueden cubrir, después de la bendición, con un velo color específico: púrpura para los enfermos, verde para los catecúmenos, y blanco para el Crisma. Se trata de una antigua tradición litúrgica que no contradice las líneas actuales.

Si el obispo quiere mantener la costumbre de hacer las bendiciones en los momentos tradicionales, las vasijas son presentadas en la misma forma en la procesión del ofertorio, por delante de los fieles que llevan el pan, el vino y el agua. Las vasijas se ponen sobre la mesa destinada a eso. Antes de la doxología de la Plegaria Eucarística, el obispo bendice el óleo de los enfermos y, después de la comunión, bendice la forma prescrita de los catecúmenos, y se consagra el Crisma.

La Misa Crismal es la única en la que los libros litúrgicos prescriben el uso del incienso en la procesión final, al volver a la sacristía, llevando las vasijas con los óleos detrás de la cruz procesional. El uso del incienso en la procesión inicial está vinculado con la incensación del altar. En la procesión final hay necesidad de usar incienso. Esta es una costumbre errónea en muchos lugares. En la Misa Crismal, en cambio, si se usa, porque es una forma de veneración a los Santos Óleos.

Los óleos santos del año pasado se absorben en un algodón y se queman.

 

TRIDUO PASCUAL

Antes de la Misa de la Cena del Señor termina la Cuaresma. El Triduo Pascual no es la preparación para la Pascua. Por el contrario, ¡es la Pascua!

El Misterio Pascual es la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor, que se conmemoran en cada celebración de los tres días. Se trata de una única celebración pascual en tres acciones rituales, lo que se demuestra con que en la Misa de la Cena del Señor y en la Celebración de la Pasión del Señor no hay ni bendición final ni despedida, pues ésta es hasta el final de la  la Vigilia Pascual.

 

Jueves Santo.

Misa de la Cena del Señor (In coena Domini)

Esta no es la Misa del “lavatorio de los pies”. Este solo es un rito dentro de la Misa del Señor, que quiere ser elocuente de todo lo ocurrido en la Última Cena. El rito del lavatorio de los pies, incluso, puede ser suprimido por causa justa. Esto quiere decir que no es necesario para la Misa, pero es aconsejable que se realice. En la forma tradicional, se trata de una celebración distinta a la Misa, con la lectura del Evangelio del “Mandato”, es decir, el mandato del Señor de ser serviciales, expresado en el lavado de los pies de los Apóstoles.

La Misa se desarrolla como de costumbre hasta el Gloria. Durante el canto del Gloria se deben tocar las campanas del altar y de la iglesia. Terminando este himno, las campanas no volverán a sonar hasta la Vigila Pascual. En la consagración puede usarse una matraca en vez de campanas.

Terminado el Gloria, los instrumentos musicales deben de usarse únicamente para acompañar el canto. Conviene, además, que los cantos se hagan “a capela”, sin acompañamiento musical, reservándolos para el Gloria de la Vigila Pascual.

Después del Gloria viene la colecta, las lecturas, el Evangelio y la homilía, como se hace normalmente.

Tras la homilía se realiza el rito del lavado de los pies. Se deben elegir a doce personas para este rito. Anteriormente se prescribía que fueran doce varones. Sin embargo, el papa Francisco reformó la norma y ahora se señala solamente que se lavará a personas, con lo cual se admite que participen las mujeres. Estas personas deben de colocarse en un lugar fuera del presbiterio pero que permita que sean fácilmente vistos por la asamblea.

El celebrante puede retirarse la casulla a fin de que no se le moje. Solamente el obispo puede colocarse un gremial encima de la dalmática. Siguiendo la antigua tradición, el celebrante puede amarrarse una toalla, como si fuera el cíngulo.

Constituye un error que el presbítero que celebre cambie la casulla por la dalmática para lavar los pies. Esto no está permitido para los presbíteros. Sólo los obispos, que deben de vestir la dalmática debajo de la casulla, pueden quitarse la casulla y quedarse con la dalmática par lavar los pies. En la forma tradicional sólo los presbíteros pueden vestir la dalmática cuando realizan la función de diáconos. Pero el presbítero “en funciones” de diácono no puede lavar los pies.

Dos ministros deben ayudar al celebrante: uno con la jarra con agua y otro con el recipiente en donde caerá el agua y una toalla para secar los pies. La costumbre indica que, tras lavarles los pies, el celebrante besa el pie de las doce personas a las que se los ha lavado.

Mientras se lavan los pies se entona un canto adecuado. Al final, el celebrante vuelve a la sede, se lava las manos discreta y dignamente, y viste nuevamente la casulla.

Se omite el Credo, pero se reza la oración de los fieles. Después sigue el ofertorio. Debe cuidarse que se consagren un suficiente número de hostias para la comunión de todos los fieles durante esa Misa y durante la Celebración de la Pasión del Señor.

Es muy conveniente usar la Plegaria Eucarística I, que tiene un “Acepta, Señor en tu bondad” propio para esta Misa y, además, narra más explícitamente que la Eucaristía se instituyó ese día, y tiene un “reunidos en comunión” propio.

Después de la comunión de los fieles, y de la purificación del cáliz y la patena, se deja el copón con la Eucaristía sobre el altar, cubierto con un velo, en lo que se reza la oración después de la comunión. Tras ésta, el celebrante pone incienso en el turíbulo, e inciensa el Santísimo Sacramento con tres movimientos dobles. Después, recibe el velo humeral, con el que toma y cubre el copón, y se inicia la procesión a la capilla de la reserva. Precede la cruz procesional y las velas. Después sigue el incienso humeante entre dos velas. Pueden ser usados dos incensarios, conforme al Ceremonial de Obispos. Después siguen dos velas que rodean al sacerdote. Se puede cubrir al celebrante que lleva el Santísimo con una umbrela o con un palio.

Mientras se realiza esta procesión debe cantarse el “Pange lingua”, compuesto por Santo Tomás de Aquino, salvo sus dos últimas estrofas, que se cantan en la capilla de la reserva.

Si no fuera posible reservar todas las hostias en un mismo copón, detrás del celebrante irán los demás copones cubiertos.

El traslado del Santísimo Sacramento no debe de realizarse en custodia, ni puede haber una solemne exposición eucarística en la capilla de la reserva. El Santísimo deberá estar en el copón y cerrado en un tabernáculo hasta antes de la Comunión en la Vigilia Pascual.

La capilla de la reserva es un lugar dentro o fuera de la iglesia, por ejemplo, una capilla,  que se prepara convenientemente ornamentada con velas  y flores. Ahí se dispone un altar y sobre éste, un tabernáculo.

Al llegar a esta capilla, el celebrante deja el copón sobre el altar, coloca nuevamente incienso en el turíbulo e inciensa el Santísimo Sacramento, mientras se entonan las dos últimas estrofas del Pagne Lingua, es decir, el Tantum Ergo. En seguida, coloca el Santísimo el tabernáculo, y lo adora silenciosamente durante unos instantes. Tras el momento de oración, hace la genuflexión junto con los ministros y se retiran a la sacristía.

A los fieles que, en estado de gracia y habiendo comulgado en la misa, recen el Tantum Ergo durante el traslado del Santísimo Sacramento se les concede indulgencia plenaria.

La capilla de la reserva debe de mantenerse hasta el rito de la comunión de la Vigila Pascual, y las comunidades deben procurar que haya una continua adoración eucarística en ese lugar.

Tras la Misa, deben desvestirse los altares.

 

Viernes Santo.

Celebración de la Pasión del Señor.

El altar debe continuar sin cruz, velas ni manteles, reservando su uso para el Rito de la Comunión.

Conviene que todos los ministros, ordenados y laicos, permanezcan fuera del presbiterio, porque no se va a celebrar la Misa. Solamente se acercarán en el momento del rito de adoración de la cruz.

La celebración debe de realizarse en la tarde del viernes, antes del anochecer.

Todos los ornamentos deben ser color rojo, propio de este oficio. Si ese día se realiza una procesión o un Vía Crucis, los ministros no deben usar ornamentos rojos sino morados o negros, aunque ya haya terminado la Cuaresma. Esos colores representan el duelo.

El celebrante no puede usar capa pluvial; solo la casulla. Los diáconos que asisten usan la dalmática. Los demás sacerdotes deben visten alba y la estola, o sotana, sobrepelliz y estola.

Durante la celebración debe de realizarse una colecta para Tierra Santa.

La celebración

En la procesión de entrada no hay ni cruz ni velas. Todos los ministros caminan en dos filas. Al llegar al altar, todos hacen una reverencia, y se dirigen a sus lugares. Después, los ministros ordenados deben de postrarse, mientras que los demás fieles se arrodillan.  Si hay maestros de ceremonias, estos se arrodillan aunque estén ordenados.

Después, el sacerdote se levanta y va a la sede. Ahí, con las manos juntas dice una de las dos oraciones previstas en el misal, pero sin decir “Oremos” al principio.

Sigue la Liturgia de la Palabra como se hace comúnmente.

La lectura de la Pasión se hace igual que el Domingo de Ramos: sin bendición a quien la leerá, sin incienso ni velas, y reservando al celebrante la parte de Cristo. Después, si se considera oportuno, puede haber una breve homilía. Conviene mantener un tiempo de silencio después.

En la oración universal las intenciones pueden ser propuestas por el diácono u otro presbítero desde el ambón, y el celebrante dice las oraciones desde la sede, con los brazos extendidos. Entre la intención y la oración puede pedirse a todos que se arrodillen y se levanten después de unos momentos de oración silenciosa.

El la petición en la que se menciona el nombre del obispo no se dicen títulos como obispo o cardenal. Si hay un obispo auxiliar, se le menciona. Si hay varios auxiliares, se les menciona diciendo “y sus obispos auxiliares”. El obispo coadjutor es tratado como auxiliar hasta que el papa acepte la renuncia del residente.

Después sigue el rito de adoración de la cruz. No se adora el objeto, sino el Misterio de la Pasión.

La cruz es llevada entre dos velas por el pasillo central hasta el altar. La primera forma de llevarla es cubierta por un velo hasta el altar. Ahí solamente el celebrante la desvela gradualmente: primero descubre la parte superior, despúes el brazo derecho y finalmente la descubre totalmente. Cada vez que se desvela una parte, el sacerdote o el diácono canta “Miren el árbol de la cruz…”.

La segunda forma es llevarla descubierta en la procesión, y el diácono la eleva al inicio del pasillo, a la mitad y justo antes de llegar al presbiterio. Cada vez que la levanta, canta “Miren el árbol de la cruz…”. En una u otra forma, después de que se canta el “Miren”, todos deben de arrodillarse, salvo quien tiene la cruz.

Al llegar al presbiterio, o una vez desvelada la cruz se deja entre dos velas, y se acercan todos a adorarla. El primero en adorarla es el celebrante sin casulla, sin birrete y, si se considera oportuno, sin zapatos. Para adorarla puede hacer una genuflexión o bien besar los pues del Crucificado. Después hacen eso los ministros ordenados presentes, luego los ministros laicos y al final los demás fieles.

Debe haber una sola cruz en la celebración; si hay muchos fieles que quieren venerarla y se considera que eso alargaría mucho la celebración, el sacerdote la eleva y todos la veneran en silencio desde su lugar en vez de sacar más cruces.

A los fieles que, en estado de gracia reciban la comunión y adoren la Santa Cruz, se les concede indulgencia plenaria.

Terminada la adoración, la cruz se pone en medio del altar, como para la misa, pero con la imagen del Crucificado viendo hacia los fieles.

En ese momento se prepara el altar con un mantel, un corporal y el misal. Mientras tanto, el celebrante, el diácono u otro ministro ordenado se dirige a la capilla de la reserva a buscar el Santísimo. Cuando es llevado al altar, debe de ir entre dos velas que después son puestas en sobre el altar para el Rito de la Comunión. Una umbrela o un palio pueden ser usados para cubrir al ministro que lleva el Santísimo. No se usa el incienso ni las matracas durante la procesión del Santísimo Sacramento hacia el altar.

Las rúbricas son claras al decir que solamente el celebrante extiende las manos mientras se reza el Padre Nuestro. Al terminarlo no se dice la oración por la paz. Simplemente, el celebrante toma una hostia, la muestra a los fieles y dice la fórmula del misal. Después comulga y da la comunión a los fieles. Terminada la comunión, el Santísimo se lleva a la capilla de la reserva.

Al final, no se da la bendición. El celebrante simplemente reza la oración sobre el pueblo y todos se retiran en silencio. Los ministros hacen una genuflexión a la cruz.

Una vez más, el altar es desvestido después de la celebración, pero sin los ritos del Jueves Santo .

Vigilia Pascual

Esta es la madre de todas las vigilias. El Domingo de Pascua, la solemnidad de las solemnidades.

Antes de la reforma litúrgica de la Semana Santa hecha por Pío XII, la Vigilia de Pascua se celebraba durante el día, en oposición a la primitiva tradición litúrgica temprano. Por ello, para propiciar la oscuridad que todavía se requiere, se tapaban las ventanas de iglesias. Pero ahora, tanto en la nueva forma que como en la tradicional, la Vigilia debe celebrarse sólo por la noche, después de la puesta del sol y antes del amanecer del domingo.

Quienes asisten a la Vigilia Pascual cumplen con la obligación del domingo. A pesar de ello, también pueden comulgar en los dos días.

Sólo puede usarse un cirio. No pueden prepararse los cirios de otras iglesias. Aunque el cirio es un gran signo pascual, sólo puede ponerse en donde se ha celebrado la Vigilia Pascual.

El Evangeliario puede ser usado, pero debe ser dejado sobre el altar antes de la misa.

 

Sobre la Misa

El celebrante debe de usar los ornamentos propios de la misa. No ha de vestir capa pluvial. Ningún libro litúrgico prevé que se use la capa pluvial durante el inicio de la Misa o en la procesión al altar.

El celebrante, con los ministros, se dirige a un lugar cercano a la iglesia en donde se ha reunido el pueblo. No se llevan ni cruz procesional ni velas.

El celebrante inicia el rito con la señal de la cruz y con el saludo, como en la misa. Después, explica el significado de la Vigilia conforme al texto del misal y bendice el fuego. El turiferario pone brasas del fuego nuevo en el incensario.

Mientras tanto, un ministro laico o el diácono, acerca el cirio al celebrante, quien traza con un estilete una cruz, escribe las letras alfa y omega, los cuatro números del año en curso, y clava cinco granos de incienso. Después enciende el cirio con el fuego nuevo.

Antes de comenzar la procesión hacia la iglesia, el celebrante coloca incienso en el turíbulo. Inicia la procesión hacia la iglesia, que debe esta a oscuras. Al frente va el turiferario, seguido por el celebrante o el diacono con el cirio, luego los demás ministros y al final los fieles. Al  inicio de la procesión, quien lleva el cirio canta “Luz de Cristo”. Después, entrando a la iglesia canta nuevamente lo mismo, y todos encienden sus velas. Por último, canta lo mismo frente al altar y se encienden las luces de la iglesia.

El cirio se coloca a un lado del ambón; no en el centro del presbiterio. El celebrante o, de haber, un diácono, inciensa el cirio y canta o reza el Pregón Pascual en el ambón. El texto también puede ser cantado por un laico, pero él no debe de pedir la bendición al celebrante. El laico también debe omitir la frase “El Señor esté con ustedes”, que es propio de los ordenados. Todos escuchan de pie con las velas encendidas.

Concluido el Pregón Pascual, se apagan las velas y todos se sientan. El celebrante, antes de las lecturas, introduce la Liturgia de la Palabra conforme al texto del misal. Después de cada lectura y su salmo, el celebrante se levanta y canta la oración propia.

Se establecen nueve lecturas, con la Epístola y el Evangelio. Sin embargo, por razones de brevedad, se pueden elegir sólo dos del Antiguo Testamento (no quitando nuca la del capítulo 14 del Éxodo, la Pascua judía) la Epístola y el Evangelio.

Después de la última lectura del Antiguo Testamento y de su salmo, todos se levantan. Un ministro laico toma fuego del cirio y enciende las velas del altar. Mientras tanto, todos cantan el Gloria. Al igual que en la Misa de la Cena del Señor, se tocan las cananas durante el canto. Después del Gloria, el celebrante reza la oración colecta. Sigue la lectura de la Epístola.

Se canta el aleluya con tres tonos, conforma a la tradición, con sus estrofas. Mientras, el celebrante coloca incienso en el turíbulo. Si es obispo, pone el incienso sentado y bendice a quien va a proclamar el Evangelio. Como el cirio está junto al ambón, no se llevan las velas. Esto solo ocurre en la Vigilia Pascual, en el resto de las misas del Tiempo de Pascua se proclama el Evangelio con la solemnidad de costumbre. Quien proclama saluda al pueblo, hace la señal de la cruz sobre si y sobre el Evangeliario y lo inciensa.

Después de la homilía inicia la liturgia bautismal. Si no hay bautizos, también debe de bendecirse el agua para la aspersión.

Los ministros caminan hasta el baptisterio o a llevan agua en un recipiente digno hasta el presbiterio. Los catecúmenos se acercan con sus padrinos. El celebrante invita a todos a cantar la Letanía de los Santos, con las peculiaridades del bautismo.

Delante del recipiente que contiene el agua o de la pila bautismal el celebrante, con las manos extendidas, recita la oración de bendición o la canta en tono de Prefacio. Cuando dice “Te pedimos, Padre” puede meter tres veces el cirio al agua, cada vez en una mayor profundidad hasta tocar el fondo la tercera vez.

El celebrante procede a interrogar sobre la renuncia a Satanás y a la profesión de fe. Después, bautiza a cada uno de los catecúmenos, los unge con el Santo Crisma, les entrega la vestimenta blanca y les da una vela encendida del cirio pascual. Si el celebrante es obispo, o se trata de un presbítero con delegación, confirma a los recién bautizados.

En caso de que no haya bautismo, en vez de éste se aspergea a los fieles como recuerdo del bautismo después de pedirles que renueven las renuncias a Satanás y la profesión de fe.

Se omite el Credo y se realiza la oración de los fieles y prosigue la Misa como de costumbre.

Es muy conveniente usar la Plegaria Eucarística I, que tiene dos partes propias para la Vigila Pascual.

Los recién bautizados reciben la Sagrada Comunión bajo las dos especies delante del altar.

Puede usarse la fórmula propia de bendición solemne de Pascual. Al final de la Misa el celebrante o el diácono despide a todos añadiendo dos aleluyas al final.

 

Domingo de Pascua

Antes de la misa, las pilas de agua benditadeben de recibir el agua bendecida la noche anterior.

Este día la Misa se celebra como de costumbre. Pero el acto penitencial es sustituido por la aspersión del agua bendecida en la Vigilia. El uso de la capa pluvial en la aspersión del agua solo está permitido en la forma tradicional, que se hace antes de la Misa. En la forma nueva el celebrante no se quita la casulla que debe llevar desde el principio.

El cirio pascual debe de permanecer en el lugar puesto en la Vigilia Pascual; no debe de ser llevado en procesión.

Se canta el Gloria sin ser acompañado por toque de campanas.

Después de la segunda lectura se canta el “Victimae Paschali laudes” u otra secuencia aprobada.

Durante el canto del aleluya se prepara el turíbulo con incienso y acompañan la procesión hacia el ambón dos velas.

Conviene, nuevamente, que se use la Plegaria Eucarística I, con sus partes propias para el Domingo y Octava de Pascua.

Puede usarse la fórmula propia de bendición solemne de Pascual. Al final de la Misa el celebrante o el diácono despide a todos añadiendo dos aleluyas al final.