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Fundamentos de la adoración eucarística

Por Padre José María Iraburu (Tomado de infocatólica)

–Renovación actual de la piedad eucarística

El movimiento litúrgico y el Magisterio apostólico, por obra como siempre del Espíritu Santo, al profundizar más y más en la realidad misteriosa de la Eucaristía, han renovado maravillosamente la doctrina y la disciplina del culto eucarístico. Concretamente, en ninguna época el Magisterio de la Iglesia ha dado un conjunto de documentos sobre la Eucaristía comparable con la más reciente:

La encíclica de Pío XII Mediator Dei (1947), la constitución conciliar Sacrosanctum Concilium (1963), la encíclica de Pablo VI Mysterium fidei (1965), la instrucción Eucharisticum mysterium (1967) y el Ritual para la sagrada comunión y el culto a la Eucaristía fuera de la Misa, publicado en castellano en 1974. La exhortación apostólica de Juan Pablo II, Dominicæ Cenæ (1980). La devoción y el culto a la Eucaristía en el Catecismo de la Iglesia Católica (1992: 1378-1381). Y la exhortación apostólica de Benedicto XVI, Sacramentum caritatis.

–Diversas modalidades de la presencia de Cristo en su Iglesia

El concilio Vaticano II, en su constitución sobre la liturgia, Sacrosanctum Concilium, da una enseñanza de suma importancia para la espiritualidad cristiana:

«Cristo está siempre presente a su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro, “ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz” [Trento], sea sobre todo bajo las especies eucarísticas. Está presente con su virtud en los sacramentos, de modo que cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza [S. Agustín]. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: “donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20)» (7).

Pablo VI, en su encíclica Mysterium fidei, hace una enumeración semejante de los modos de la presencia de Cristo (19-20), y añade: «Pero es muy distinto el modo, verdaderamente sublime, con el que Cristo está presente a su Iglesia en el sacramento de la Eucaristía… Tal presencia se llama real no por exclusión, como si las otras no fueran reales, sino por antonomasia, porque es también corporal y sustancial, ya que por ella ciertamente se hace presente Cristo, Dios y hombre, entero e íntegro» (21-22). Ésta es la fe de la Iglesia:

La Iglesia cree y confiesa que «en el augusto sacramento de la Eucaristía, después de la consagración del pan y del vino, se contiene verdadera, real y substancialmente nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y hombre, bajo la apariencia de aquellas cosas sensibles» (Trento 1551: Dz 874/1636).

La divina Presencia real del Señor, éste es el fundamento primero de la devoción y del culto al Santísimo Sacramento. Ahí está Cristo, el Señor, Dios y hombre verdadero, mereciendo absolutamente nuestra adoración y suscitándola por la acción del Espíritu Santo. No está, pues, fundada la piedad eucarística en un puro sentimiento, sino precisamente en la fe. Otras devociones, quizá, suelen llevar en su ejercicio una mayor estimulación de los sentidos –por ejemplo, el servicio de caridad a los enfermos o a los pobres–; pero la devoción eucarística, precisamente ella, se fundamenta muy exclusivamente en la fe, en la pura fe sobre el Mysterium fidei («præstet fides supplementum sensuum defectui»: que la fe conforte la debilidad del sentido; Pange lingua).

–Hay en la Iglesia distintas espiritualidades: pero todas han de centrarse en la Eucaristía

Hay espiritualidades más o menos sensibles a la presencia de Cristo en la Escritura, en la Liturgia, en la inhabitación, en los sacramentos, en los pobres, en la evangelización, etc. Ahora bien, si la presencia de Cristo por antonomasia está en la Eucaristía, con uno u otro acento, toda espiritualidad cristiana deberá poner en la Eucaristía el centro de su devoción.

Como enseña Pío XII, «este culto de adoración se apoya en una razón seria y sólida, ya que la Eucaristía es a la vez sacrificio y sacramento, y se distingue de los demás en que no sólo comunica la gracia, sino que encierra de un modo estable al mismo Autor de ella. Cuando la Iglesia nos manda adorar a Cristo, escondido bajo los velos eucarísticos, y pedirle los dones espirituales y temporales que en todo tiempo necesitamos, manifiesta la viva fe con que cree que su divino Esposo está bajo dichos velos, le expresa su gratitud y goza de su íntima familiaridad» (Mediator Dei 164).

El culto eucarístico, ordenado a los cuatro fines del santo Sacrificio, es culto dirigido al glorioso Hijo encarnado, que vive y reina con el Padre, en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Es, pues, un culto que presta a la santísima Trinidad la adoración que se le debe  (cf. Dominicæ Cenæ 3).

–Sacrificio y Sacramento

Juan Pablo II enseña: «No es lícito ni en el pensamiento, ni en la vida, ni en la acción quitar a este Sacramento, verdaderamente santísimo, su dimensión plena y su significado esencial. Es al mismo tiempo Sacramento-Sacrificio, Sacramento-Comunión, Sacramento-Presencia» (Redemptor hominis 20).

Esta doctrina ha sido central, concretamente, en la disciplina renovada del culto a la Eucaristía.«Los fieles, cuando veneran a Cristo presente en el Sacramento, recuerden que esta presencia proviene del Sacrificio y se ordena al mismo tiempo a la comunión sacramental y espiritual» (Ritual 80). Esa íntima unión entre Sacrificio y Sacramento se expresa, por ejemplo, en el hecho de que, al final de la exposición, el ministro «tomando la custodia o el copón,  hace en silencio la señal de la Cruz sobre el pueblo» (ib. 99). El Corpus Christi de la custodia es el mismo cuerpo ofrecido por nosotros en el sacrificio de la redención: el mismo cuerpo que ahora está resucitado y glorioso.

–Comunión y adoración

La Eucaristía como sacramento está intrínsecamente orientada hacia la comunión. Las mismas palabras de Cristo lo hacen entender así: «tomad, comed, esto es mi cuerpo, entregado por vosotros». Consiguientemente, la finalidad primera de la reserva es hacer posible, principalmente a los enfermos, la comunión fuera de la Misa. En el sagrario, como en la Misa, Cristo sigue siendo «el Pan vivo bajado del cielo».

En efecto, «el fin primero y primordial de la reserva de las sagradas especies fuera de la misa es la administración del Viático; los fines secundarios son la distribución de la comunión y la adoración de Nuestro Señor Jesucristo, presente en el Sacramento. Pues la reserva de las especies sagradas para los enfermos ha introducido la laudable costumbre de adorar este manjar del cielo conservado en las iglesias» (Ritual 5).

Según eso, en la Eucaristía, Cristo está dándose, está entregándose como pan vivo que el Padre celestial da a los hombres. Y sólo podemos recibirlo en la fe y en el amor. La adoración eucarística, por tanto, ha de tener siempre forma de comunión espiritual. Así es como, ante el sagrario, nos unimos a Él. En la adoración eucarística Él se entrega a nosotros y nosotros nos entregamos a Él. Y en la medida en que nos damos a Él, nos daremos también a los hermanos.

«En la sagrada Eucaristía –dice el Vaticano II– se contiene todo el tesoro espiritual de la Iglesia, es decir, el mismo Cristo, nuestra Pascua y Pan vivo, que, mediante su carne vivificada y vivificante por el Espíritu Santo, da vida a los hombres, invitándolos así y estimulándolos a ofrecer sus trabajos, la creación entera y a sí mismos en unión con él» (Presbiterorum ordinis 5).

–Vida espiritual

La piedad eucarística ha de marcar y configurar todas las dimensiones de la vida espiritual cristiana: la predicación, la catequesis, la consagración en la vida religiosa, la vida conyugal, las misiones, el servicio de la beneficencia caritativa… Todo debe fluir de la Eucaristía y conducir a ella.

«La piedad que impulsa a los fieles a adorar a la santa Eucaristía los lleva a participar más plenamente en el Misterio pascual y a responder con agradecimiento al don de aquel que, por medio de su humanidad, infunde continuamente la vida en los miembros de su Cuerpo. Permaneciendo ante Cristo, el Señor, disfrutan de su trato íntimo, le abren su corazón por sí mismos y por todos los suyos, y ruegan por la paz y la salvación del mundo. Ofreciendo con Cristo toda su vida al Padre en el Espíritu Santo, sacan de este trato admirable un aumento de su fe, su esperanza y su caridad. Así fomentan las disposiciones debidas que les permiten celebrar con la devoción conveniente el Memorial del Señor y recibir frecuentemente el pan que nos ha dado el Padre» (Ritual 80).

–Ofrenda personal

Los fines del Sacrificio eucarístico son principalmente cuatro: adoración de Dios, acción de gracias, expiación e impetración (Trento: Dz 940. 950/1743. 1753; Mediator Dei 90-93). Pues bien, esos mismos fines de la Misa han de ser pretendidos igualmente en el culto eucarístico. Adorando a Cristo en la Eucaristía, hagamos de nuestra vida «una ofrenda permanente». Por él, como dice el Ritual, los adoradores han de «ofrecer con Cristo toda su vida al Padre en el Espíritu Santo» (80). Pío XII lo explica muy bien:

«Aquello del Apóstol, “habéis de tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús” (Flp 2,5), exige a todos los cristianos que reproduzcan en sí mismos, en cuanto al hombre es posible, aquel sentimiento que tenía el divino Redentor cuando se ofrecía en sacrificio; es decir, que imiten su humildad y eleven a la suma Majestad divina la adoración, el honor, la alabanza y la acción de gracias. Exige, además, que de alguna manera adopten la condición de víctima, abnegándose a sí mismos según los preceptos del Evangelio, entregándose voluntaria y gustosamente a la penitencia, detestando y expiando cada uno sus propios pecados. Exige, en fin, que nos ofrezcamos a la muerte mística en la cruz, juntamente con Jesucristo, de modo que podamos decir como san Pablo: “estoy clavado en la cruz juntamente con Cristo” (Gál 2,19)» (Mediator Dei 101).

–Oración de petición

En el Evangelio vemos muchas veces que quienes se acercan a Cristo, reconociendo en él al Salvador de los hombres, se postran primero en adoración, y con la más humilde actitud, piden gracias para sí mismos o para otros. La mujer cananea, por ejemplo, «acercándose [a Jesús], se postró ante él, diciendo: ¡Señor, ayúdame!» (Mt 15,25). Y obtuvo la gracia pedida.

Los adoradores cristianos, con absoluta fe y confianza, piden al Salvador, presente en la Eucaristía, por sí mismos, por el mundo, por la Iglesia. En la presencia real del Señor de la gloria, le confían sus peticiones, sabiendo con certeza que  «tenemos un abogado ante el Padre, Jesucristo, el Justo. Él es la víctima propiciatoria por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero» (1Jn 2,1-2). Su Sacerdocio es eterno, y por eso «es perfecto su poder de salvar a los que por Él se acercan a Dios, y vive siempre para interceder por ellos» (Heb 7,24-25).

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Adoremos a Cristo, presente en la Eucaristía

–Adoremos a Cristo en el Sacrificio y en el Sacramento. La adoración eucarística fuera de la Misa ha de ser, en efecto, preparación y prolongación de la adoración de Cristo en la misma celebración de la Eucaristía. Adoremos a Cristo, presente en la Eucaristía: exaltemos al humillado. Es un deber glorioso e indiscutible, que los fieles cristianos –cumpliendo la profecía del mismo Cristo– realizamos bajo la acción del Espíritu Santo: «él [el Espíritu Santo] me glorificará» (Jn 16,14).

En ocasión muy solemne, en el Credo del Pueblo de Dios, declara Pablo VI: «la única e indivisible existencia de Cristo, Señor glorioso en los cielos, no se multiplica, pero por el Sacramento se hace presente en los varios lugares del orbe de la tierra, donde se realiza el sacrificio eucarístico. La misma existencia, después de celebrado el sacrificio, permanece presente en el Santísimo Sacramento, el cual, en el tabernáculo del altar, es como el corazón vivo de nuestros templos. Por lo cual estamos obligados, por obligación ciertamente gra-tísima, a honrar y adorar en la Hostia Santa que nuestros ojos ven, al mismo Verbo encarnado que ellos no pueden ver, y que, sin embargo, se ha hecho presente delante de nosotros sin haber dejado los cielos» (n. 26).

–Adoremos a Cristo en exposiciones breves o prolongadas. Respecto a las exposiciones más prolongadas, por ejemplo, las de Cuarenta Horas, el Ritual litúrgico de la Eucaristía dispone:

«en las iglesias en que se reserva habitualmente la Eucaristía, se recomienda cada año una exposición solemne del santísimo Sacramento, prolongada durante algún tiempo, aunque no sea estrictamente continuado, a fin de que la comunidad local pueda meditar y orar más intensamente este misterio. Pero esta exposición, con el consentimiento del Ordinario del lugar, se hará sólamente si se prevé una asistencia conveniente de fieles» (86). «Póngase el copón o la custodia sobre la mesa del altar. Pero si la exposición se alarga durante un tiempo prolongado, y se hace con la custodia, se puede utilizar el trono o expositorio, situado en un lugar más elevado; pero evítese que esté demasiado alto y distante» (93).

Ante el Santísimo expuesto, el ministro y el acólito permanecen arrodillados, concretamente durante la incensión (97). Y lo mismo, se entiende, el pueblo. Es el mismo arrodillamiento que, siguiendo muy larga tradición, viene prescrito por la Ordenación general del Misal Romano (2000) «durante la consagración» de la Eucaristía (43).

Adoremos a Cristo con cantos y lecturas, con preces y silencio. «Durante la exposición, las preces, cantos y lecturas deben organizarse de manera que los fieles atentos a la oración se dediquen a Cristo, el Señor».

«Para alimentar la oración íntima, háganse lecturas de la sagrada Escritura con homilía o breves exhortaciones, que lleven a una mayor estima del misterio eucarístico. Conviene también que los fieles respondan con cantos a la palabra de Dios. En momentos oportunos, debe guardarse un silencio sagrado» (Ritual 95; cf. 89).

–Adoremos a Cristo, rezando la Liturgia de las Horas. «Ante el santísimo Sacramento, expuesto durante un tiempo prolongado, puede celebrarse también alguna parte de la Liturgia de las horas, especialmente las Horas principales [laudes y vísperas].

«Por su medio, las alabanzas y acciones de gracias que se tributan a Dios en la celebración de la Eucaristía, se amplían a las diferentes horas del día, y las súplicas de la Iglesia se dirigen a Cristo y por él al Padre en nombre de todo el mundo» (Ritual 96). Las Horas litúrgicas, en efecto, están dispuestas precisamente para «extender a los distintos momentos del día la alabanza y la acción de gracias, así como el recuerdo de los misterios de la salvación, las súplicas y el gusto anticipado de la gloria celeste, que se nos ofrecen en el misterio eucarístico, “centro y cumbre de toda la vida de la comunidad cristiana” (CD 30)» (Ordenación general de la Liturgia de las Horas 12).

Adoremos a Cristo, haciendo «visitas al Santísimo». En efecto, como dice Pío XII, «las piadosas y aún cotidianas visitas a los divinos sagrarios», con otros modos de piedad eucarística,

«han contribuido de modo admirable a la fe y a la vida sobrenatural de la Iglesia militante en la tierra, que de esta manera se hace eco, en cierto modo, de la triunfante, que perpetuamente entona el himno de alabanza a Dios y al Cordero “que ha sido sacrificado” (Ap 5,12; +7,10). Por eso la Iglesia no sólo ha aprobado esos piadosos ejercicios, propagados por toda la tierra en el transcurso de los siglos, sino que los ha recomendado con su autoridad. Ellos proceden de la sagrada liturgia, y son tales que, si se practican con el debido decoro, fe y piedad, en gran manera ayudan, sin duda alguna, a vivir la vida litúrgica» (Mediator Dei 165-166).

–Sagrarios dignos, en iglesias abiertas

Procuremos tener sagrarios dignos en iglesias abiertas, para que pueda llevarse a la práctica esa adoración eucarística de los fieles. Así pues, «cuiden los pastores de que las iglesias y oratorios públicos en que se guarda la santísima Eucaristía estén abiertas diariamente durante varias horas en el tiempo más oportuno del día, para que los fieles puedan fácilmente orar ante el santísimo Sacramento» (Ritual 8; cf. Código 937). «El lugar en que se guarda la santísima Eucaristía sea verdaderamente destacado. Conviene que sea igualmente apto para la adoración y oración privada» (Ritual 9).

«Según la costumbre tradicional, arda continuamente junto al sagrario una lámpara de aceite o de cera, como signo de honor al Señor» (Ritual 11; puede ser eléctrica, pero no común: Código 940). En cada iglesia u oratorio haya «un solo sagrario» (Código 938,1). Y en los conventos o casas de espiritualidad el sagrario esté «sólo en la iglesia o en el oratorio principal anejo a la casa; pero el Ordinario, por causa justa, puede permitir que se reserve también en otro oratorio de la misma casa» (ib. 937).

–Devoción eucarística y esperanza escatológica

Adoremos a Cristo en la Eucaristía, como prenda y anticipo de la vida celeste. La celebración eucarística es «fuente de la vida de la Iglesia y prenda de la gloria futura» (Vat.II: UR 15a). Por eso el culto eucarístico tiene como gracia propia  mantener al cristiano en una continua tensión escatológica. Ante el sagrario o la custodia, en la más pura esperanza teologal, el discípulo de Cristo permanece día a día ante Aquél que es la puerta del cielo: «yo soy la puerta; el que por mí entrare, se salvará» (Jn 10,9). Ante el sagrario, ante la custodia, el discípulo persevera un día y otro ante Aquél «que es, que era, que vendrá» (Ap 1,4.8). Persevera adorando al Hijo de Dios, que vino en la encarnación; que viene en la Eucaristía, en la inhabitación, en la gracia; que vendrá glorioso al final de los tiempos.

No olvidemos, en efecto, que en la Eucaristía el que vino –«quédate con nosotros» (Lc 24,29)– viene a nosotros en la fe, «mientras esperamos la venida gloriosa de nuestro Salvador Jesucristo». Así lo confesamos diariamente en la Misa. Él es para nosotros en la Eucaristía  futuræ gloriæ pignus (prenda de la futura gloria)».

Esta perspectiva escatológica de la Eucaristía no es exclusiva de la Iglesia primitiva y de los antiguos Padres, pues se manifiesta también muy acentuada en la Edad Media, es decir, en las primeras formulaciones de la adoración eucarística. Bastará, por ejemplo, que recordemos algunas estrofas de los himnos eucarísticos compuestos por santo Tomás:

«O salutaris hostia, quæ cæli pandis ostium» (Hostia de salvación, que abres las puertas del cielo: Verbum supernum). «Tu qui cuncta scis et vales, qui nos pascis hic mortales, tuos ibi comensales, coheredes et sodales fac sanctorum civium» (Tú, que conoces y puedes todo, que nos alimentas aquí, siendo mortales, haznos allí comensales, coherederos y compañeros de tus santos: Lauda Sion). «Iesu, quem velatum nunc aspicio, oro fiat illud quod tam sitio; ut te revelata cernens facie, visu sim beatus tuæ gloriæ» (Jesús, a quien ahora miro oculto, cumple lo que tanto ansío: que contemplando tu rostro descubierto, sea yo feliz con la visión de tu gloria. Adoro te devote).

La secularización de la vida presente, es decir, la disminución o la pérdida de la esperanza en la vida eterna, es hoy sin duda la tentación principal del mundo, y también de los cristianos. Por eso hoy precisamente «la Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico» (Dominicæ Cenæ 3), porque ésa es, sin duda, la devoción que con más fuerza levanta el corazón de los fieles hacia la vida celestial definitiva.

–Los sacerdotes y la adoración eucarística

Si todos los fieles han de venerar a Cristo en el Sacramento, «los pastores en este punto vayan delante con su ejemplo y exhórtenles con sus palabras» (Ritual 80). En efecto, los sacerdotes deben suscitar en los fieles la devoción eucarística tanto por el ejemplo como por la predicación. Es un deber pastoral grave. La piedad eucarística de los fieles depende en buena medida de que sus sacerdotes la vivan y, consiguientemente, la prediquen –«de la abundancia del corazón habla la boca» (Mt 12,34)–. Por eso la Congregación para la Educación Católica, en su instrucción de 1980 Sobre la vida espiritual en los Seminarios, dice que «un sacerdote que no participe de este fervor, que no haya adquirido el gusto de esta adoración, no sólo será incapaz de transmitirlo y traicionará la Eucaristía misma, sino que cerrará a los fieles el acceso a un tesoro incomparable».

Y por eso la Congregación para el Clero, en el Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, de 2013 –actualizando lo mismo que había publicado en 1994–, toca también con insistencia el mismo punto:

«La centralidad de la Eucaristía se debe indicar no sólo por la digna y piadosa celebración del Sacrificio, sino aún más por la adoración habitual del Sacramento. El presbítero debe mostrarse modelo del rebaño [1Pe 5,3] también en el devoto cuidado del Señor en el sagrario y en la meditación asidua que hace –siempre que sea posible– ante Jesús Sacramentado. Es conveniente que los sacerdotes encargados de la dirección de una comunidad dediquen espacios largos de tiempo para la adoración en comunidad –por ejemplo, todos los jueves, los días de oración por las vocaciones, etc.–, y tributen atenciones y honores, mayores que a cualquier otro rito, al Santísimo Sacramento del altar, también fuera de la Santa Misa. “La fe y el amor por la Eucaristía no pueden permitir que Cristo quede solo en el tabernáculo” (Juan Pablo II, 9-VI-1993). Impulsados por el ejemplo de fe de sus pastores, los fieles buscarán ocasiones a lo largo de la semana para ir a la iglesia a adorar a nuestro Señor, presente en el tabernáculo» (68).

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–La devoción eucarística después del Vaticano II

La piedad eucarística es en el siglo XX una parte integrante de la espiritualidad cristiana común. Por eso ya San Pío X sólo expresaba una convicción general cuando decía: «Todas bellas, todas santas son las devociones de la Iglesia Católica, pero la devoción al Santísimo Sacramento es, entre todas, la más sublime, la más tierna, la más fructuosa» (A la Adoración Nocturna Española 6-VII-1908).

¿Y después del Vaticano II? La gran renovación litúrgica impulsada por el Concilio también se ha ocupado de la piedad eucarística. Concretamente, el Ritual de la sagrada comunión y del culto a la Eucaristía fuera de la Misa es una realización de la Iglesia postconciliar. Antes no había un Ritual, y la devoción eucarística discurría por los simples cauces de la piadosa costumbre. Ahora se ha ordenado por rito litúrgico esta devoción. Por otra parte, en el Ritual de la dedicación de iglesias y de altares, de 1977, después de la comunión, se incluye un rito para la «inauguración de la capilla del Santísimo Sacramento». Antes tampoco existía ese rito. Es nuevo.

Son éstos, sin duda, gestos importantes de la renovación litúrgica post-conciliar. Y los recientes documentos magistrales sobre la adoración eucarística que hemos recordado, más explícitamente todavía, nos muestran el gran aprecio que la Iglesia actual tiene por esta devoción y este culto.

Por eso aquéllos que hoy, en vez de podar el árbol de la devoción a la Eucaristía de ciertos excesos sentimentales o deficiencias doctrinales, lo cortan de raíz se están alejando de la tradición católica y, sin saberlo normalmente, se oponen al impulso renovador de la Iglesia actual.

Ya en 1983 observaba Pere Tena: «sabemos y constatamos cómo en muchos lugares se ha silenciado absolutamente el sentido espiritual de la oración personal ante el santísimo sacramento, y cómo esto, juntamente con la supresión de las procesiones eucarísticas y de las exposiciones prolongadas, se considera como un progreso» (La adoración eucarística, «Phase» 1994, 209). Hay parroquias hoy que no tienen custodia, y en las que el sagrario, si existe, no está asequible a la devoción de los fieles. Es una vergüenza y una gran pena.

La supresión de la piedad eucarística no es un progreso, evidentemente, sino más bien una decadencia en la fe, en la fuerza teologal de la esperanza y en el amor a Jesucristo. Y no parece aventurado estimar que entre la eliminación de la devoción eucarística y la disminución de las vocaciones sacerdotales y religiosas existe una relación cierta, aunque no exclusiva.

Juan Pablo II, en su exhortación apostólica Dominicæ Coenæ, no sólamente manifiesta con fuerza su voluntad de estimular todas las formas tradicionales de la devoción eucarística, «oraciones personales ante el Santísimo, horas de adoración, exposiciones breves, prolongadas, anuales –las cuarenta horas–, bendiciones y procesiones eucarísticas, congresos eucarísticos», sino que afirma incluso que «la animación y el fortalecimiento del culto eucarístico son una prueba de esa auténtica renovación que el Concilio se ha propuesto y de la que es el punto central». Y es que «la Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las graves faltas y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración» (3).