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UN NUEVO PENTECOSTÉS PARA LA IGLESIA

Hermanos en Jesucristo:

Pasados cincuenta días de la Resurrección de Cristo es enviado desde el Cielo el Espíritu Santo, la tercera Persona de la Santísima Trinidad, Dios como el Padre y el Hijo. Los Hechos de los Apóstoles nos narran los milagrosos efectos de la acción del Espíritu Santo en los discípulos: “De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse” (2,2-4).

El milagro de Pentecostés consiste en la radical transformación experimentada por los Apóstoles. Ellos pasan de estar encerrados, atemorizados y desanimados a salir valientemente a anunciar a Cristo, animados por el Espíritu Santo. No en base a las cualidades humanas, sino a la nueva fuerza venida de lo alto, comienza a realizarse el mandato misionero dado por Cristo a la Iglesia: “Vayan por todo el mundo y proclamen el Evangelio a toda la creación” (Mc 16,15).

La Iglesia, como en todas las épocas de la historia, sigue siendo una, santa, católica y apostólica, porque Ella es para siempre el Cuerpo de Cristo vivificado por el Espíritu Santo. Y así es, porque la promesa del Señor no puede fallar: “He aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Esto no está en contradicción con el hecho de que en la Iglesia estemos los pecadores y a veces los peores. Es al revés. La Iglesia no puede ser de los puros, inmaculados e irreprochables, porque Cristo dice: “Vayan, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Mt 9,13).

Pero el Señor no nos llama para quedarnos en nuestro pecado, sino para salvarnos, convertirnos y santificarnos haciéndonos hijos del Padre por el nacimiento nuevo del agua y del Espíritu Santo. En cada cristiano tiene que realizarse el milagro obrado en los Apóstoles en el día de Pentecostés. Como ellos, también nosotros hemos de ser impulsados por el Espíritu Santo a reconocer que “es cierta y digna de ser aceptada por todos esta afirmación: Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores; y el primero de ellos soy yo” (1 Tm 1,15). Además tiene que cumplirse en la Iglesia y en nosotros la palabra del Señor: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8).

+ Francisco Javier

Obispo de Villarrica