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Monseñor Stegmeier: TIEMPOS PARA VIVIR DE LA ESPERANZA EN JESUCRISTO

Hermanos en Jesucristo:

Los cristianos debemos dar culto a Jesucristo, en nuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que nos pida razón de nuestra esperanza (1 Pe 3,15). Nuestra esperanza no se funda en promesas humanas, sino en las de Dios. Cuando parece que todo está perdido, la fe en el Señor sostiene a aquel que ha puesto toda su confianza en Él, el único que no puede defraudar.

En esto tenemos el ejemplo de Abraham, “el cual esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones según le había sido dicho: Así será tu posteridad” (Rm 4,18). Es verdad que humanamente era imposible que Abraham se pudiese perpetuar en el futuro en una descendencia nacida de su esposa Sara. Pero, lo que para el hombre es imposible, para Dios es posible. Abraham fue constituido padre de un pueblo y bendición de todas las naciones.

Las tribulaciones presentes en la Iglesia, que pueden engendrar en nosotros incertidumbre respecto al futuro, son permitidas por Dios para vivir más intensamente la virtud de la esperanza, fuente de alegría, paz y consuelo. No es la primera vez que hay graves problemas en la Iglesia, ni será la última. A veces la culpa viene desde afuera de Ella, cuando hay persecuciones como en los tiempos del Imperio Romano. Otras veces viene desde adentro, a causa de nuestros propios pecados. En la actualidad hay pecado y hay persecución. Sin embargo, hoy más que nunca hemos de tener “fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe, el cual, en lugar del gran gozo que se le proponía, soportó la Cruz sin miedo a la ignominia” (Hb 12,2).

En el sufrimiento y en las contradicciones, se nos urge a los cristianos a poner toda nuestra “esperanza en la gracia que se les procurará mediante la Revelación de Jesucristo” (1 Pe 1,13). Es verdad que en esta vida nos acompaña la cruz, pero con la certeza de que vendrá el Señor para hacernos participar de su Resurrección. Y al final de los tiempos veremos cómo la Iglesia, marcada en la tierra por el pecado de sus miembros, se mostrará toda Ella Santa: “Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo” (Ap 21,2).

La promesa de Jesús nos asegura, que a pesar de nuestros pecados y de la persecución, su Iglesia permanecerá para siempre y que Ella nunca dejará de ser el Sacramento Universal de Salvación. La Iglesia será siempre fiel a su Señor. Aunque puede ser que, al menos en nuestra sociedad occidental y en Chile, los cristianos seamos una minoría cada vez más pequeña, pero así también más convencida en su fe en Cristo.

+ Francisco Javier

Obispo de Villarrica