Home < Mensaje del Obispo < Reflexión de Mons. Stegmeier: “Por una cultura de la vida”

Reflexión de Mons. Stegmeier: “Por una cultura de la vida”

Hermanos en Jesucristo:

 

El pretender legalizar todo tipo de aborto, con o sin causales, se fundamenta en la irracionalidad de la ideología. Es irracional porque su legalización no tiene bases científicas, genéticas, estadísticas, etc. Además es evidente que la verdad de la persona humana y los principios morales derivados de ella se oponen a la eliminación de una vida inocente e indefensa. El niño engendrado no es responsable de los actos de los adultos y, por tanto, no debe ser condenado a muerte por la culpa de otros.

 

La fijación obsesiva por legalizar el aborto obedece a un voluntarismo propiamente macabro, pues es expresión del aspecto más repulsivo de la muerte. Basta con ver en internet fotos de niños abortados para darnos cuenta de esto: cuerpecitos de guagüitas descuartizados, bracitos y piececitos cortados… Ni los más crueles torturadores hacen algo así.

 

La decisión de impulsar el aborto no es un capricho, sino la bandera de lucha de un proyecto social ateo, anticristiano y, por ello, anti humano. Se quiere expresar la negación del Creador y de la persona creada a imagen y semejanza de Dios, redimida por Cristo y destinada a una vida de eterna comunión con el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo en el cielo.

 

Frente a la promoción de la cultura de la muerte, nosotros debemos promover la cultura de la vida. Todas las personas, entre su concepción y su muerte natural, tienen derecho a una vida digna. Con razón se pide que niños y jóvenes tengan educación de calidad, que los ancianos tengan pensiones justas, que todos tengan acceso a una buena salud, que las mujeres con embarazos vulnerables y las que han abortado sean ayudadas y acompañadas…

 

Pero si se quiere que entre la niñez y la ancianidad todas las personas tengan una vida digna, es  necesario que se asegure la inviolabilidad del inicio y del fin de la vida. Esto es, el derecho a nacer de todos los niños y que los enfermos terminales y ancianos puedan morir cuando sea decisión de Dios, el único que “da la muerte y la vida” (1 Sam 2,6).

 

+Mons. Francisco Javier Stegmeier.

Obispo de Villarrica.