
“Ustedes no teman, ya sé que buscan a Jesús el crucificado. No está aquí: Ha resucitado, como había dicho” (Mt 28,1).
Año tras año, siglo tras siglo, milenio tras milenio se nos anuncian las maravillas obradas por Dios en la historia a favor de su pueblo fiel. La misma creación es manifestación del poder de Dios, quien de la nada saca todas las cosas. E Israel en cada Pascua recuerda las proezas del Señor, al liberarlo de la esclavitud de Egipto con brazo poderoso y realizar el prodigio de dividir las aguas del Mar Rojo para que pudiese pasar todo un pueblo camino a la libertad.
Siempre Dios tiene la victoria. Siempre Dios tiene la última palabra. Y la Victoria y Palabra definitivas son Cristo. El pecado, el demonio y la muerte no pudieron con Él. En Cristo se cumplen todas las promesas de Dios a la humanidad. Él viene a hacer nuevas todas las cosas, a hacer cielos nuevos y tierra nueva.
Año tras año se vuelve patente a nuestros ojos, a nosotros tan faltos de fe, el misterio del triunfo de Cristo con su Resurrección. Una y otra vez, la Iglesia nos presenta la razón por la cual en el mundo hay tantos signos de muerte: el pecado. Estamos siempre tentados a pensar que hoy ya nada podemos hacer frente al odio, las guerras y las divisiones.
Más aún, nuestra poca fe nos hace pensar que el poder de Cristo resucitado no es capaz de vencer en nosotros la fuerza del pecado que nos lleva al mal. Pero hoy la Iglesia nos proclama el triunfo del amor. Es el mensaje que la Iglesia, Esposa de Cristo, no deja de repetir.
En estos días, hace casi cuarenta años, San Juan Pablo II nos lo decía con voz potente: “El amor vence siempre, como Cristo ha vencido; el amor ha vencido, aunque en ocasiones, ante sucesos y situaciones concretas, pueda parecernos incapaz. Cristo parecía imposibilitado también. Dios siempre puede más… El amor es más fuerte”.
La resurrección de Cristo, por la gracia del Espíritu Santo, tiene el poder de hacer de cada uno de nosotros una nueva criatura.
Es lo ya realizado sacramentalmente con nuestro nacimiento nuevo del agua y del Espíritu Santo en el bautismo. Por la eficacia de la muerte y resurrección del Señor, nosotros somos sepultados con Él para morir al pecado y con Él participamos de su vida para vivir en plenitud nuestra condición nueva de hijos de Dios, ser hombres nuevos para dar vida al mundo con el anuncio del Evangelio de la verdad y con el testimonio del mandamiento del amor por la santidad de nuestra vida.
La resurrección de Cristo nos muestra que para Dios nada es imposible. Si la resurrección de Cristo es el fundamento de nuestra fe, lo es también de nuestra esperanza. El Señor abre nuestros ojos y orienta nuestra mirada hacia el futuro. Cristo es el primogénito de entre los muertos y prenda de nuestra propia resurrección, al final de los tiempos.