
La ley 20.699 declaró el 25 de marzo como el día del niño por nacer y de la adopción. Se eligió esa fecha por corresponder a la celebración de la Anunciación, es decir, el momento en el que el Hijo eterno del Padre se hizo hombre en la Virgen María por obra del Espíritu Santo (ver Lc 1,35).
El hecho de que el mismo Dios se haya hecho semejante a nosotros en todo, menos en el pecado, demuestra el infinito valor que tiene cada persona humana a los ojos de Dios. Tanto es así, que no valemos dinero, oro o plata, sino la “sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo” (1 Pe 1,19).
Cada uno de nosotros ha sido pensado, querido y amado por Dios desde toda la eternidad. En su Providencia decide que comencemos a tener una existencia concreta en un determinado momento de la historia para que, naciendo hijos de Dios en el bautismo y como peregrinos por este mundo, caminemos hacia la meta final, la vida eterna en el Cielo, pues “no tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos buscando la del futuro” (Hb 13,14).
Hemos de ser agradecidos del Señor por vivir y poseer la esperanza de ser totalmente felices en la bienaventuranza de la gloria celestial. Y, porque se nos dio la oportunidad de nacer, hemos de ser promotores de la defensa del derecho de toda persona a nacer, a vivir dignamente en todas las etapas de la existencia y a morir rodeado del cariño de la familia, contar con la asistencia espiritual y los cuidados médicos correspondientes, especialmente los paliativos en el caso de las enfermedades terminales.
El 25 de marzo debe ayudarnos a tomar conciencia del valor de toda vida humana. Debe ser también ocasión de oración para que todo niño engendrado pueda nacer, para que las madres con embarazos vulnerables sean acompañadas en sus dificultades, para que las mamás que ya han abortado reciban nuestra ayuda y comprensión, sean redimidas y sanadas por la gracia de Cristo y experimenten la alegría de la conversión y del perdón de Dios.
El derecho a la vida es el más fundamental de todos los derechos humanos. No es algo que dependa de una idea religiosa o una postura política. Esto lo sabía muy bien Santa Teresa de Calcuta, quien dedicó su vida entera a servir a toda persona en su dolor y abandono, independientemente de sus creencias. Ella dijo: “La vida es el mayor don de Dios. Por esto es triste ver lo que acontece hoy en tantas partes del mundo: la vida es deliberadamente destruida por la guerra, por la violencia, por el aborto. Y nosotros hemos sido creados por Dios para cosas más grandes: amar y ser amados. A menudo he afirmado, y estoy segura de ello, que el mayor destructor de la paz en el mundo de hoy es el aborto… Un niño es el don más grande para la familia, y para la nación. No rechacemos jamás este don de Dios”.