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Reflexión de Mons. Stegmeier: El eclipse y la persona humana

Hermanos en Jesucristo:

Pronto presenciaremos el admirable espectáculo del eclipse solar total. Aunque nos hemos estado preparando desde varios años, la perfección de la obra de Dios Creador permite a los astrónomos calcular con toda precisión cuando va a suceder un eclipse sin previo límite de tiempo.

Con toda razón nos sentimos maravillados por un fenómeno astronómico que nos habla de la grandeza y el orden incomparable del universo. Hemos de ver como un regalo del Señor que el 100% del eclipse acontezca en nuestro zona y tiene que ser ocasión de alabar al Creador, “porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad” (Rm 1,20) y porque “de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor” (Sab 13,5).

Estamos tan acostumbrados a ver todos los días el sol y la luna que hemos perdido el asombro de su movimiento y de su perfecta sincronización. Bastaría que hubiese en ellos una pequeñísima alteración de cualquier tipo para que se produjese una catástrofe cósmica. Pero esto no sucede porque el Creador les dio leyes inmutables: “Hizo Dios los dos luceros mayores; el lucero grande para el dominio del día, y el lucero pequeño para el dominio de la noche y vio Dios que estaba bien” (Gn 1,16).

Podría parecer una paradoja que estos gigantescos astros sean superados en importancia por cada persona humana, tan aparentemente insignificante y tan pequeña en comparación al sol y a la luna. Esto es así porque “dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra…». Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó. Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien” (Gn 1,26.27.31).

Admiremos las maravillas del macrocosmos, más aún admiremos la insondable belleza de cada hombre y cada mujer, desde el milagro del niño recién concebido hasta el anciano que está a punto de pasar de este mundo a la Patria celestial. Y por sobre todo, adoremos a su autor, al Señor Creador de todo y a Cristo, por quien “fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles” (Col 1,16).

TODOS TENEMOS QUE COLABORAR PARA QUE QUIEN QUIERA PUEDA CONTEMPLAR EL ECLIPSE, PERO EXTREMANDO LAS MEDIDAS DE HIGIENE PARA EVITAR EL CONTAGIO. LA RESPONSABILIDAD RECAE EN CADA UNO DE NOSOTROS Y EN LAS AUTORIDADES, QUE DEBERÁN CUMPLIR ESTRICTAMENTE CON SU MISIÓN DE VELAR POR EL BIEN COMÚN.  

NO PERMITAMOS QUE UNOS POCOS MINUTOS DE ECLIPSE DAÑE LA ACTIVIDAD TURÍSTICA DE TODO UN VERANO. 

+ Francisco Javier

Obispo de Villarrica