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Reflexión de Mons. Stegmeier: La Cruz de Mayo

Villarrica – Ñancul

Hermanos en Jesucristo:

El pasado 3 de mayo, se celebró “la Exaltación de la Santa Cruz”. La Cruz de Cristo Resucitado es el trofeo de su glorioso triunfo sobre la muerte. La Cruz ha estado presente en la vida de la Iglesia y de los cristianos desde que Jesús, “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1), hasta aceptar voluntariamente los crueles sufrimientos de la crucifixión.

Después de contemplar a Cristo crucificado por amor a nosotros, se entienden mejor estas palabras del mismo Señor: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16,24). San Pablo, antes de su conversión, considera la Cruz de Cristo como un escándalo imposible de entender y de aceptar. Pero una vez que se da cuenta que “el Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2,20), entonces no puede sino decir: En cuanto a mí ¡Dios me libre gloriarme si nos es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo!” (Gal 6,14).

Esto lo dice San Pablo muchos años después de que Cristo resucitase y ascendiera al Cielo. Es una enseñanza imperecedera y esencial de la fe cristiana. Por eso pudo escribir: “Nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1 Cor 1,23-24).

Cuando los cristianos celebramos la “Exaltación de la Santa Cruz” de Cristo estamos proclamando el misterio de nuestra salvación realizada por su muerte y resurrección. Nuestra salvación es fruto del amor gratuito del Señor. Por pura misericordia hemos sido redimidos. Por amor a nosotros Cristo resucitó. Pero el signo más patente y expresivo del amor del Señor es su muerte en Cruz: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15,13).

Si para seguir a Cristo hay que tomar la cruz, es una contradicción pretender ser cristiano adaptándose al mundo, a su vana sabiduría e inútil poder. Así lo advierte San Pablo: “Porque muchos viven según les dije tantas veces, y ahora lo repito con lágrimas, como enemigos de la cruz de Cristo” (Fil 3,18).

Tomar la Cruz significa rechazar la mundanidad. Así, con Cristo muerto en la Cruz, pueda yo decir con San Pablo: “El mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo” (Gal 6,14).  Seguir a Cristo contemplándolo crucificado por amor a mí y participando de su vida de resucitado me llevará a ser una “creación nueva”, manifestada en una vida de “paz y misericordia” (Gal 6,15-16).

“La Cruz de Mayo” nos ayude a creer más en Cristo crucificado para nuestra salvación y resucitado para darnos vida eterna.

+ Francisco Javier

Obispo de Villarrica