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Reflexión de Mons. Stegmeier: Luz en medio de las tinieblas

Hermanos en Jesucristo:

Después del pecado de nuestros primeros padres, la luz del paraíso se convirtió en un mundo de “tinieblas y sombras de muerte” (Lc 1,79). Pero “la Luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron” (Jn 1,5). Esa Luz es Cristo: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12).

Nuestra época como nunca ha tenido tanta luz artificial. Pero pareciera que en la misma proporción como nunca ha habido tanta tiniebla en la mente y en el corazón de los hombres y de la sociedad.

¡Cuánto se ha avanzando en las ciencias que estudian al hombre: genética, medicina, psicología, antropología, sociología… Pero este progresivo conocimiento científico ha coincido con un cada vez mayor desconocimiento de la verdad de quien es el hombre.

Así, por ejemplo, la ciencia conoce cada vez mejor qué pasa desde la concepción de un niño hasta su nacimiento. Pero junto a esto, la verdad del hombre se va oscureciendo más y más en la cultura, hasta el extremo de ya no saberse qué es lo que crece en el vientre de la madre.

A mayor oscuridad, mayor necesidad de la luz. El hombre ciego ante la verdad que está al alcance de su inteligencia y de la que ha recibido por la Palabra de Dios requiere ser sanado de su ceguera. Él remedio es la luz de la verdad.

Cristo ha venido no solo ha revelarnos misterios inalcanzables a la sola razón humana, sino que también a sanar nuestra inteligencia. “La Iglesia de Dios vivo, columna y fundamento de la verdad” (1 Tm 3,15) ha recibido la misión del mismo Jesús de ir a todos “enseñándoles a guardar todo lo que Yo les he mandado” (Mt 28,20).

Los cristianos hemos sido elegidos por Cristo e iluminados por el don de la fe para evangelizar a los hombres y a las culturas de todos los tiempos y lugares. No para adaptarnos al mundo.

De los cristianos dice Jesús: “Ustedes son la luz del mundo… Brille así su luz delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en los cielos” (Mt 5,14.16).

El mundo necesita de cristianos claros, firmes y convencidos de la verdad que deben anunciar. Solo desde la propia identidad podemos distinguirnos de los demás y podremos ser realmente luz y sal. En caso contrario, nos volveríamos insípidos y despreciables, pues si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres” (Mt 5,13).

Nuestra vocación es la de ser mártires (palabra griega que significa “testigos”) de Cristo y de la verdad. Sigamos animosos con nuestra misión profética, pues la luz finalmente prevalecerá sobre las tinieblas.

+ Francisco Javier

Obispo de Villarrica