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Reflexión de Mons. Stegmeier: Kume We Tripantu

Hermanos en Jesucristo:

El lunes 21 de junio ha sido el primer feriado con ocasión del Año Nuevo del hemisferio sur, celebrado muy especialmente por los pueblos originarios. El pueblo mapuche nos saludará diciendo: Küme we tripan antü, es decir, buen Año Nuevo.

Es un buen deseo que todos tenemos en el corazón. El inicio de un año encierra una expectativa de que las cosas andarán mejor.  Lo propio del hombre es mirar el futuro con confiada esperanza. En caso contrario, nunca emprendería nada nuevo.

Sin embargo, la experiencia nos muestra que así como puede haber progreso humanizante, también puede haber regresiones que deshumanizan. Esto es así porque Dios nos ha creado esencialmente buenos y por eso tendemos hacia el bien. Pero también es verdad que en todos nosotros experimentamos que “realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco” (Rm 7,15).

Esta experiencia común a todos es manifestación de la realidad en nosotros del pecado original. Toda persona, desde su concepción, sufre la tendencia desordena hacia cosas en sí mismas buenas, pero que lo desorientan de su fin último, que es Dios.

Como toda persona y como toda raza, el pueblo mapuche tiene magníficos valores, como tantas veces lo he destacado, pero también está sometido al misterio del pecado, la concupiscencia y el influjo del demonio. Esto lo debemos decir también de los otros pueblos americanos, africanos, asiáticos,  europeos y los de Oceanía.

Frente al pecado y a los sufrimientos, debemos decir como San Pablo: “¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? ¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor! (Rm 7,24-25).

Solo Cristo salva a cada hombre a la entera humanidad y su historia. Solo Cristo da sentido al paso del tiempo, que está orientado a la plena consumación en la eternidad de la gloria del Cielo. Solo Cristo hace cielo nuevo y una tierra nueva – porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya” (Ap 21,1).

+ Francisco Javier

Obispo de Villarrica