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Mons. Juan Ignacio González: “Desde los fundamentos verdaderos”

Por: Mons. Juan Ignacio González, Obispo de San Bernardo

En más de una oportunidad hemos señalado que la Iglesia enseña que en aquellos temas que pueden llamarse contingentes, cada católico tiene el justo derecho de pensar como le parezca más oportuno, respondiendo el mismo de sus opciones. Sin embargo, también a la Iglesia le interesa todo aquello que forma parte del conjunto de decisiones que una sociedad adopta en la búsqueda del Bien Común. En tal sentido no es ajena al proceso que ha comenzado a vivir el país de cara al establecimiento de una nueva constitución. En él están implicados muchos bienes que afectan a todas las personas que habitan un país y en especial a la capacidad de establecer una forma de relacionarnos, de vivir en la casa común, que permita a todos su desarrollo espiritual y material. El bien común, es un concepto que interesa particularmente a la Iglesia, porque exige instituciones, conductas, virtudes y actitudes de todos nosotros que efectivamente hagan posible vivir en una sociedad donde la libertad tiene un verdadero espacio.

Es esperable y exigible de quienes han sido llamados a esta delicada misión, un ejercicio de su potestad capaz de comprender que la nación tiene un pasado desde el cual surgen los fundamentos de su ser. Entre ellos no puede dejarse de lado que los valores y principios del cristianismo ocupan un lugar central en nuestra organización social. Por eso las actitudes que quieren desconocer ese pasado, partiendo de una especie de refundación, solo nos llevaran a mayores divisiones y conflictos de los que hoy sufrimos. Más aun, los intentos de romper con el pasado, los atropellos a los valores nacionales que se significan en los símbolos de la nación, como su Canción Nacional o la Bandera, son signos preocupantes que deben hacernos advertir lo delicado del momento que vivimos.

La casa común, que a todos nos ha sido dada, conformada por gentes, pueblos y culturas diversas da lugar a la nación chilena, plural pero unitaria. Como enseña la Iglesia: “a cada pueblo corresponde normalmente una Nación, pero, por diversas razones, no siempre los confines nacionales coinciden con los étnicos. Surge así la cuestión de las minorías, que históricamente han dado lugar a no pocos conflictos. El Magisterio afirma que las minorías constituyen grupos con específicos derechos y deberes. En primer lugar, un grupo minoritario tiene derecho a la propia existencia. (…) Además, las minorías tienen derecho a mantener su cultura, incluida la lengua, así como sus convicciones religiosas, incluida la celebración del culto. En la legítima reivindicación de sus derechos, las minorías pueden verse empujadas a buscar una mayor autonomía o incluso la independencia: en estas delicadas circunstancias, el diálogo y la negociación son el camino para alcanzar la paz. En todo caso, el recurso al terrorismo es injustificable y dañaría la causa que se pretende defender. Las minorías tienen también deberes que cumplir, entre los cuales se encuentra, sobre todo, la cooperación al bien común del Estado en que se hallan insertos. En particular, el grupo minoritario tiene el deber de promover la libertad y la dignidad de cada uno de sus miembros y de respetar las decisiones de cada individuo, incluso cuando uno de ellos decidiera pasar a la cultura mayoritaria”. (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 387).

Una nueva constitución, por tanto, debe ser capaz de recoger el pluralismo de una nación, estableciendo un ejercicio del poder político que lo resguarde, que reconozca la diversidad en la unidad, los derechos y deberes de los ciudadanos y las maneras de resolver los conflictos que en toda sociedad humana se presentan. Un elemento esencial será el amplio espacio que debe dejarse al ejercicio de la libertad religiosa, uno de los fundamentos de un sistema democrático, sin permitir coacciones o restricciones a las expresiones de los aspectos espirituales propios de la dignidad humana.

Pongamos este momento delicado de la vida de Chile en manos de la Virgen del Carmen, Reina y Patrona de esta Patria, como lo establecieron los padres fundadores de la nación. Oremos con insistencia a Dios por todos aquellos que tienen en sus manos proponernos una nueva carta fundamental. Que los ideologismos, favoritismos, ideas personales, no se impongan por sobre aquellos bienes esenciales que todos los habitantes de Chile necesitamos.

+ Juan Ignacio