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La comunión con Dios y la rebelión contra Dios

Hermanos en Jesucristo:

La comunión con Dios y el reconocimiento de que todo lo que procede de Él es verdadero, bueno, justo y hermoso conduce a la armonía con uno mismo, con los demás y con la creación. La persona obediente a la ley eterna de Dios tiende a llevar una vida ordenada, respetuosa de los otros, a formar una familia unida y a colaborar con la sociedad con su trabajo responsable y honesto en la consecución del bien común.

Como el pecado está presente en cada uno de nosotros, todo el bien querido por Dios para el hombre y la sociedad ya no es posible. Por eso vino a nosotros Cristo a redimirnos y a capacitarnos ya no solo para vivir en plenitud nuestra condición de personas sino a hacernos nuevas criaturas (ver 2 Cor 5,17). Por Cristo y el Espíritu Santo podemos amar en verdad a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos y así suscitar una convivencia social armoniosa.

Los santos nos dan el ejemplo de que lo que para los hombres es imposible, para Dios si es posible (ver Lc 18,27). Es lo que vemos en San Francisco de Asís, Santa Teresa de Calcuta y San Alberto Hurtado. Ellos han sido renovados por gracia de Cristo de tan manera que han sido instrumentos de renovación social, como no es capaz de lograr ninguna ley.

Pero cuando el hombre se revela contra Dios se rompe la armonía con los demás y con la misma creación. Se repite la mentira de la serpiente satánica al decirnos que si los hombres se vuelven contra Dios “de ninguna manera morirán”, al contrario “serán como dioses, conocedores del bien y del mal” (Gn 3,4).

La negación de la verdad de la persona humana creados hombre y mujer, del matrimonio y de la familia, el asesinato legal de los niños por nacer y de los ancianos y enfermos terminales, entre tantas otras cosas, es expresión de la rebelión contra Dios. Las consecuencias de esta rebeldía están a la vista.

Solo el reconocimiento de Dios Creador y de Cristo Redentor hará posible construir una sociedad de hermanos, en el respeto de la dignidad de cada persona.

Francisco Javier

Obispo de Villarrica