
Hemos iniciado Semana Santa con el Domingo de Ramos. Nos preparamos para acompañar al Señor en el misterio de su pasión, muerte y resurrección. Es un tiempo especial de gracia, centrado en Cristo, quien vino a este mundo por amor a nosotros. Todo lo que contemplamos en estos días se resume en estas palabras: “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1).
El extremo del amor de Cristo se significa en la cruz, aunque toda su vida es expresión de su amor al Padre y a nosotros. La Pasión de Cristo es efusión de su amor. Es tan grande el misterio de este amor apasionado de Cristo por nosotros que deberíamos postrarnos ante él y decir que no quiero conocer “nada más que a Jesucristo, y este crucificado” (1 Co 2, 2).
Cristo crucificado nos hace ver la gravedad de nuestro pecado. Sólo a la luz de este misterio podemos comprender qué significa pecar. Cada uno de nosotros, al pecar, somos culpables de la muerte de Cristo. “Los pecadores mismos fueron los autores y como los instrumentos de todas las penas que soportó el divino Redentor. Teniendo en cuenta que nuestros pecados alcanzan a Cristo mismo, la Iglesia no duda en imputar a los cristianos la responsabilidad más grave en el suplicio de Jesús” (Catecismo de la Iglesia Católica 598).
El amor de Cristo y mi responsabilidad en su muerte debe moverme a la conversión, a querer no ofender más su amor y pedir la gracia de amarle con todo el corazón. En el amor del Corazón de Jesús está la posibilidad de poder también nosotros amarle como Él merece. En efecto, “en esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4,10). Es decir, nuestra confianza no está en nuestra capacidad de amar, sino en el amor primero de Dios.
Nuestra fe, porque es cristiana, surge del misterio de Cristo, desde su encarnación hasta su glorificación, pasando por su muerte en cruz. La resurrección del Señor es el milagro definitivo, el más grande e importante, pues si Cristo no hubiese resucitado nuestra fe sería vana (ver 1 Cor 15,14). “Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto” (1 Cor 15,20).
La resurrección de Cristo, realidad histórica y a la vez trascedente, es la victoria sobre el pecado y la muerte. El amor misericordioso del Corazón de Jesús superó todo mal. Él es nuestra seguridad, nuestra alegría y nuestra paz. La gracia de la muerte y resurrección de Cristo nos llega por el Bautismo y la participación en la Eucaristía: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,54).