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La alegría de los cristianos es la misma de Cristo

(Por padre José María Iraburu – tomado de Infocatólica.com)

–La tristeza es del mundo.Desde que se inició hace unos siglos la apostasía del antiguo Occidente cristiano, en ese ambiente diabólico, oscurecido por el Padre de la Mentira, se ha difundido ampliamente la idea de que el cristianismo ha entristecido al mundo con la religión del Crucificado, y le ha hecho perder la ingenua alegría del paganismo. Ha venido a ser esta idea una convicción de cultura general. Una idea que puede verse hasta en ciertos autobuses: «Es probable que Dios no exista. Disfruta de la vida»… Esta proclama es un poco torpe; pero me fijaré solamente en dos ejemplos más ilustrados, un filósofo y un novelista.

Friedrich Nietzsche (1844-1900), hijo de una familia de pastores protestantes, nacido en Leipzig, ve con rabia furibunda el cristianismo como el enemigo principal de la vida. «Sería horripilante creer todavía en pecados; todo cuanto hacemos es inocente». «Nada es verdad, todo está permitido», y por tanto hay que vivir «más allá del bien y del mal». Con esas convicciones filosóficas –que en buena medida, más que pensamientos, parecen ser pen-saciones de comprobada psicopatía–, y viviendo en un marco social todavía cristiano, se comprende que empeñara todas sus fuerzas contra el «crucificado y todo lo que es cristiano o está inficcionado de cristiano». En 1889 cae desplomado, y su colapso mental dura once años, hasta su muerte.

Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936), en su novela El paraíso en la otra esquina (2003) describe la vida del parisino Gauguin, que a los 43 años de edad deja su trabajo como agente de bolsa y sale ansiosamente de la tenebrosa civilización occidental, tan marcada por el cristianismo, buscando en la libre luminosidad pagana de Tahití y de las Islas Marquesas la alegría de una vida entregada al arte y a un erotismo sin límites, para terminar muriendo con terrible agonía, devorado por las enfermedades de su vicio, y sin haber hallado el paraíso terrenal en este valle de lágrimas. 

–El paganismo fue y es muy triste. Digan lo que digan. Lo fue. Cuando San Pablo, en Romanos 1, hace una descripción tremenda de las miserias del mundo pagano –avaricia, maldad, dureza de corazón, perversiones sexuales, homicidios–, hace derivar todos estos males de la negación de Dios. «Trocaron la verdad de Dios [que es luz y alegría] por la mentira [que es oscuridad y tristeza], y adoraron y sirvieron a la criatura en lugar de al Creador, que es bendito por los siglos, amén. Y por eso los entregó Dios a las pasiones vergonzosas». 

Lo es actualmente. La frecuencia de los suicidios, de las enfermedades mentales, de los divorcios, adulterios y abortos, de la droga y de tantas otras miserias entristecedoras, ha ido creciendo más y más en las naciones de antigua filiación cristiana, en la medida en que han perdido la fe. Sin la luz del Evangelio, se han quedado en las tinieblas, «sin esperanza y sin Dios en el mundo» (Ef 2,12). ¿Es así o no es así? Es así. La realidad lo afirma de modo irrebatible. Coincide la estadística y la razón filosófica y teológica.

–La alegría es del Reino de Dios.Un tema tan precioso y tan inmenso solo podré exponerlo aquí con algunas breves referencias más significativas.

La alegría profetizada para los tiempos del Mesías. «El pueblo que caminaba en tinieblas vió una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín» (Is 9,2-3). «Consolad, consolad a mi pueblo» (49-52). «Aclamad al Señor, toda la tierra, servid al Señor con alegría» (Sal 99,1-2). «Alégrense y gocen contigo todos los que te buscan» (69,5).

La alegría del Bautista y de su madre: «en cuanto oyó Isabel el saludo de María exultó el niño en su seno, e Isabel se llenó del Espíritu Santo». Ella misma lo afirma: «así que sonó la voz de tu saludo en mis oídos [la voz de María], exultó de gozo el niño en mi seno» (Lc 1,41.44). Antes de nacer, Cristo alegra a Juan, aún no nacido, de modo inefable. Y Juan, ya de mayor, declara que el amigo del esposo «se alegra grandemente de oír la voz del esposo. Por eso mi alegría, que es ésa, ha llegado a su colmo» (Jn 3,29)

La alegría de María: «mi alma magnifica al Señor y exulta de alegría en Dios mi salvador” (Lc 1,46-47).

La alegría de Cristo, en la plenitud de los tiempos. La «gran alegría» que los ángeles anuncian y comunican a los pastores es el Evangelio, la buena nueva del nacimiento del Salvador (Lc 2,10), la misma por la que los Magos «se alegraron grandemente» (Mt 2,16). Y Cristo, en su ministerio público, se alegra de la sabiduría de los más pequeños: «en aquella hora se sintió inundado de gozo en el Espíritu Santo» (Lc 10,31). Y más todavía, la alegría de la resurrección de Cristo –Magdalena, Emaús, los apóstoles–, la alegría de su ascensión a los cielos, de la comunicación pentecostal del Espíritu Santo… Basta ya, para qué seguir. Estamos ante una alegría sobre-humana, anticipación del gozo de la vida celeste.

Es evidente que, ya en su vida mortal, Jesús es el más feliz de todos los hombres, sencillamente porque el ser humano, que es amor –a imagen de Dios–, es feliz y se alegra en la medida en que ama y se sabe amado. Y nadie es amado por Dios y por los hombres –no por todos– como Jesús, y él lo sabe. Nadie ama a Dios como Jesús, y nadie como él ama a los hombres, por los que da su vida. Y nadie tampoco se goza en la bondad y la belleza de las criaturas como él, el Verbo encarnado, pues «todo fue creado por él y para él» (Col 1,16).  

Adviértase, por otra parte, que estoy hablando del mismo Jesús del que Santa Teresa dice con toda verdad: «¿qué fue toda su vida sino una cruz, [teniendo] siempre delante de los ojos nuestra ingratitud y ver tantas ofensas como se hacían a su Padre, y tantas almas como se perdían?» (Camino Perf. 72,3). Es el «cada día muero» (1Cor 15,31) de San Pablo. Pero, con el favor de Dios, ya volveré sobre este tema en otra ocasión. 

–La alegría de los cristianos es la misma de Cristo. «Tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (Flp 2,5). «Alegraos siempre en el Señor; de nuevo os digo: alegraos» (4,4).

La santa Madre Iglesia tiene, pues, motivos sobrados para educar a sus hijos en la perfecta y continua alegría. Gracias a la encarnación del Hijo divino, a su pasión y resurrección, a su ascensión al cielo y a la comunicación del Espíritu Santo, gracias a la reconciliación con Dios y a la nueva filiación divina, «con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría» (Pref. pascual II). Ahora, en la plenitud de los tiempos, todo es para nosotros motivo de alegría, causa nostræ letitiæ, porque sabemos que todo colabora para el bien de los que aman a Dios (Rm 8,28). Continuamente estamos recibiendo los cristianos las buenas noticias de la fe y de la esperanza, porque continuamente somos evangelizados. Y por eso, mediante la oración y la ascesis –como veremos en el próximo artículo–, procuramos mantener siempre encendida en el altar de nuestro corazón la llama de la alegría, sin permitir que nada ni nadie la apague.