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Monseñor Stegmeier: “De nuestra actitud frente a Jesucristo, luz del mundo, dependerá la propia salvación”

Hermanos en Jesucristo:

El 2 de febrero celebramos la Fiesta de la Presentación del Señor (ver Lc 2, 22-38). La Virgen María y San José, obedeciendo la Ley (ver Num 18,15-16), llevaron a su Hijo al templo para presentarlo a Dios y hacer la ofrenda de su rescate. De algún modo, esta presentación es también una Epifanía o manifestación de Jesús, pues es reconocido como el Salvador y el Mesías por los ancianos Simeón y Ana, representantes de los fieles de Israel que anhelaban el cumplimiento de las promesas dadas por Dios desde antiguo.

 Cristo, como luz del mundo, viene al encuentro de la humanidad envuelta en las tinieblas del pecado, de la muerte y del error. Para que cada hombre lo reconozca como el Salvador, es el mismo Señor quien suscita en su interior el anhelo de buscarlo. Es lo que pasó con Simeón: “Movido por el Espíritu Santo, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al Niño Jesús (…) le tomó en brazos y bendijo a Dios” (Lc 2,27).

Simbólicamente se puede decir que en Simeón son el Pueblo de Israel y toda la humanidad quienes reciben en sus brazos al Salvador, que es “Luz para iluminar a los pueblos y gloria de Israel” (Lc 2,32). Cristo, que formó de los dos pueblos  -el judío y el pagano –  uno solo en su Cuerpo, es decir la Iglesia, tiene que ser anunciado hoy por los cristianos al mundo entero, tal como lo hizo Ana, quien “alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención” (Lc 2, 38).

De esta manera, la Fiesta de la Presentación del Señor celebra la venida de Cristo al mundo, renueva la alegría de los pobres que lo esperan todo de su salvación y nos insta a que profesemos públicamente nuestra fe. El querer de Cristo es iluminar con su luz a todos los hombres, por lo tanto, es nuestro derecho y nuestro deber evangelizar todas las realidades humanas, según el expreso mandato del Señor: “Vayan por todo el mundo y proclamen el Evangelio a toda la creación” (Mt 16, 15).

Esta Fiesta también nos recuerda que la Salvación llega por la Cruz, pues Cristo será “signo de contradicción” y a María una espada le atravesará el corazón (Lc 2, 34.35). En la Cruz, la Presentación se convertirá en un sacrificio ofrecido por Cristo al Padre para nuestra redención. Jesús acepta voluntariamente el designio de su Padre, del mismo modo como lo hace la Virgen, al decir: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38).  Cada uno de nosotros está llamado a entrar en el plan de amor de Dios. De nuestra actitud frente a Jesucristo dependerá la propia salvación. En Efecto, Cristo “está puesto para caída y elevación de muchos” y a su luz quedarán “al descubierto las intenciones de los corazones” (Lc 2, 34.35).

 

+ Francisco Javier

Obispo de Villarrica