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Monseñor Stegmeier: “La Cuaresma es el tiempo en el que Dios concede la gracia de profundizar en el misterio de iniquidad y del amor redentor de Cristo”

Hermanos en Jesucristo:

El 6 de marzo damos inicio a la Cuaresma con el Miércoles de Ceniza. Es un camino de cuarenta días de oración, ayuno y limosna que prepara la celebración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. En la Iglesia, por la participación en los sacramentos de la fe y la escucha de la Palabra de Dios, hemos sido incorporados a Cristo, “fuimos, pues, con Él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rm 6,4).

Para los cristianos, la Cuaresma es el tiempo en el que Dios concede la gracia de profundizar en el misterio de iniquidad y del amor redentor de Cristo, que nos hace comprender espiritualmente que “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). El pecado de nuestros primeros padres   -Adán y Eva-   instigado por el demonio nos ha afectado de tal manera que fuimos privados de la comunión con Dios y de la posibilidad de gozar eternamente de su infinita y eterna alegría.

Cada uno experimenta el efecto del pecado cuando se da cuenta “que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero” (Rm 7,19), cuando no es capaz de amar con todo su corazón a sus seres más cercanos y queridos y que no es feliz como quisiera. Incluso a causa del pecado la misma “creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto” (Rm 8,22).

El símbolo de la ceniza nos recuerda nuestra condición de criaturas pecadoras absolutamente necesitadas de redención. Estamos esclavizados por el pecado, pues “todo el que comete pecado es un esclavo” (Jn 8,34). Esta esclavitud se expresa en nuestra incapacidad de dominar algunas tendencias desordenadas respecto a nosotros mismos y a otras personas y cosas. Vivimos en un mundo cuya libertad es a menudo solo aparente, pues ella esconde la esclavitud del pecado.

Por ello “para ser libres nos libertó Cristo”. Por eso “manténganse, pues, firmes y no se dejen oprimir nuevamente bajo el yugo de la esclavitud” (Gal 5,1). El Señor concede en Cuaresma la gracia específica de la conversión a Jesucristo como nuestro único Salvador y fuente de vida eterna.  Además se recibe el don de la mortificación por la que somos liberados de las tendencias desordenadas que nos esclavizan y nos impiden amar a Dios por sobre todas cosas y al prójimo como a uno mismo.

Que este año la Cuaresma sea más intensa en la escucha de la Palabra de Dios, en la oración, en la participación eucarística, en la confesión sacramental de los pecados, en el ayuno de lo que nos desordena y en la limosna para ir en ayuda de los necesitados.

 

+ Francisco Javier

Obispo de Villarrica