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El espejo de la eternidad: Adoración Eucarística (Mc. 13, 33). El Señor le espera en la Capilla de Adoración Perpetua del Obispado de Villarrica

(Tomado de Infocatólica)

Se dice que si uno preguntara a alguien cómo se sentiría y lo que haría en un cuarto vacío que estuviera pintado sólo de blanco, las respuestas mostrarían lo que siente esa persona sobre la muerte, si paz o temor o ansiedad, etc. y lo que hace para prepararse por la muerte, si rezar o buscar compañía o luchar para escaparse…

¿Y ante la pureza del Señor presente en el Santísimo Sacramento? Ante nuestro Dios es donde mejor nos podemos ver tal y como somos, sin poder fingir o escaparnos de lo que somos: criaturas que dependemos por completo de Su Bondad. Nos dice el Señor en el Evangelio del 1er domingo de Adviento: “Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento.” (Mc. 13, 33)¿Estamos dispuestos a velar ante este espejo de la eternidad? Nuestro tiempo ante el Santísimo es una ocasión para vislumbrar la eternidad, en la que podemos meditar sobre la muerte física y también la muerte de nuestro ser por amor de Dios (muriendo al pecado, por ejemplo). “Ahora vemos como en un espejo, confusamente; después veremos cara a cara. Ahora conozco todo imperfectamente; después conoceré como Dios me conoce a mí.” (1 Cor. 13, 12).

Le dice S. Alfonso de Ligorio en Visitas al Santísimo Sacramento y a María Santísima“Vendré, pobre cual soy, y Vos me proveeréis de los mismos dones que de mi deseáis” (29). Sobre lo que hará dice: “¡Ah!, y ¿qué haremos, preguntáis algunas veces, en la presencia de Dios Sacramentado? Amarle, alabarle, agradecerle y pedirle. ¿Qué hace un pobre en la presencia de un rico? ¿Qué hace un enfermo delante del médico? ¿Qué hace un sediento en vista de una fuente cristalina? (Visitas…, 1). No nos buscamos al velar, dejando correr a rienda suelta nuestros pensamientos, sino que esperamos al Amado, le queremos conocer mejor antes de verle “cara a cara”. Para eso no hacen falta palabras.

Nos ponemos ante el Señor, esperando entrar en el cuarto de la oración, en el Castillo interior o las moradas que describe Santa Teresa de Ávila. Velamos para esperar con humildad que el Señor nos abra porque “Verdad es que no en todas las moradas podréis entrar por vuestras fuerzas, aunque os parezca las tenéis grandes, si no os mete el mismo Señor del castillo[…]Con teneros por tales que no merecéis aún entrar en las terceras, le ganaréis más presto la voluntad para llegar a las quintas…” (Castillo interior, cap.4).

No tenemos que quedarnos en la iglesia todo el día para velar bien. S. Francisco de Sales recomienda en Introducción a la vida devota que ante todo nos ocupemos de hacer la voluntad de Dios según nuestro estado en la vida porque “la devoción nada echa a perder, cuando es verdadera; al contrario, todo lo perfecciona, y, cuando es contraria a la vocación de alguno, es, sin la menor duda, falsa.” (Cap. 3) Una vez que cumplamos con los mandamientos de Dios (incluyendo ir a Misa los domingos y fiestas de guardar) debemos elegir las devociones que no interfieran con el cumplimiento de nuestro deber. Unas muy buenas son las que se centran en el Santísimo. “Jesucristo dice: donde cada uno tiene su tesoro, allí tiene su corazón. Por eso los santos no estiman ni aman otro tesoro que a Jesucristo; todo su corazon y todo su afecto tienen en el Santísimo Sacramento” (S. Alfonso Ligorio, Visitas…,6).

Podemos visitar al Santísimo en el sagrario de las iglesias que encontremos abiertas durante el día, buscar tiempo para adorar al Santísimo cuando está expuesto, participar en la Adoración Nocturna o cuando celebran en las iglesias la adoración eucarística de las 40 horas (por las 40 horas de Cristo en el sepulcro). Acompañemos al Señor que pidió en su agonía a sus apóstoles: “Mi alma siente una tristeza de muerte. Quedáos aquí, velando conmigo.” (Mt. 26, 38) y que les reprochó: “¿Es posible que no hayáis podido quedaros despiertos conmigo, ni siquiera una hora? Velad y orad para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil”. (Mt. 26, 40-41)

También existe la devoción al Sagrado Corazón difundida por Sta. Margarita María Alacoque, que en 1675 oyó al Señor decir: “como pago [de mi amor], he recibido mayormente sólo ingratitud, por sus irreverencias y sacrilegios, y por la frialdad y desprecio que manifiestan hacia Mí en el Sacramento de Amor.” Jesús prometió gracias especiales para los que comulgaran 9 primeros viernes del mes seguidos [este viernes es el primero del mes] con la intención de honrar al Sagrado Corazón de Jesús y de alcanzar la perseverancia final, ofreciendo cada Sagrada Comunión en expiación por las ofensas cometidas contra el Santísimo Sacramento.

La devoción al Santísimo Sacramento no es una simple cuestión de sentimientos. Recomienda S. Josemaría Escrivá: “Ten pocas devociones particulares, pero constantes.” (Camino, 552) Una vez discernidas las devociones más compatibles con nuestras obligaciones según nuestro estado en la vida, deberíamos de practicarlas con la intención de perseverar a pesar de no sentir ganas algún día o de experimentar sequedad espiritual. Sta. Teresita del Niño Jesús y la Bta. Madre Teresa de Calcuta perseveraron en la Adoración al Santísimo a pesar de pasar largas temporadas sin sentir consuelo alguno en la oración. Dice Sta. Teresa de Ávila:

Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo. Mira que mientras más peleares, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado con gozo y deleite que no puede tener fin.” (excl. 15, 3).