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Homilía de Mons. Stegmeier en el funeral del P. Walter Heckemeier

Martes 25 de junio de 2019

Hermanos en Jesucristo: 

“¡De los que son como niños es el Reino de Dios!” (Mt 19,14).

Cuando pienso en el P. Walter siempre se me viene a la mente la enseñanza de Jesús acerca de la infancia espiritual. El Señor fue moldeando el corazón sacerdotal del P. Walter a semejanza del suyo. Comprendió espiritualmente la palabra de Cristo: “Aprendan de mí que soy manso y humilde de Corazón” (Mt 11, 29).

Es hermoso ver a un cristiano que, a medida que va envejeciendo y va sintiendo que su cuerpo se desmorona, va, sin embargo, creciendo en gracia, va siendo cada vez más virtuoso y va configurándose más y más a Jesucristo. A nuestro querido P. Walter las dificultades propias de la edad y de la enfermedad no lo volvieron mañoso, irritable y huraño. Al contrario, según pasaban los años el P. Walter se hacía más dócil, más disponible a la voluntad de Dios y más entregado a lo que otros dispusieran por él. Fue su camino de conversión en el amor del Señor.

Me atrevo a decir que su permanente actitud de servicio generoso a los demás a lo largo de su ministerio sacerdotal lo preparó para dejarse servir por otros durante su enfermedad, como si fuese un niño bajo el cuidado de su madre. Al P. Walter se le pueden aplicar las palabras de Jesús dirigidas a Pedro: “En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras” (Jn 21,18).

El P. Walter fue un buen sacerdote porque fue un buen cristiano. Sabía perfectamente lo que correspondía a su condición bautismal. Era lo que vivía también como sacerdote y era lo que predicaba a los fieles: encontrarse con Cristo y vivir en Él y según Él, por la gracia del Espíritu Santo, con el deseo sincero de hacer en todo la voluntad del Padre.

El P. Walter sabía que la única manera de vivir en Cristo era vivir intensamente las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad, a través de la fidelidad a la Palabra de Dios y a la enseñanza de la Iglesia, orar siempre (por eso fue tan fiel a la Liturgia de las Horas), celebrar diariamente la Santa Misa, tener una devoción filial a la Virgen María y sentir con la Iglesia y recurrir a la confesión sacramental frecuente. Soy testigo cómo el P. Walter iba semana a semana al obispado a confesarse con el P. Gerardo. Se reconocía pecador, porque lo era, pero sobre todo se sabía un predilecto del amor del Corazón de Cristo.

Recorrió el camino de la vida cristiana que el Señor y la Iglesia proponen a todo fiel bautizado: la comunión con la iglesia, la Palabra de Dios y la oración, la vida sacramental y la devoción a la Virgen María, el apostolado y el amor al prójimo. Podemos decir que el P. Walter compartió con sus hermanos su propia vida, su tiempo y sus bienes. Por eso repetía frecuentemente el texto evangélico: “Busquen primero su Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura” (Mt 6,33). Vivió pobre y desprendido de los bienes de este mundo. Quizá más de alguno se aprovechó de su generosidad, pero el P. Walter nunca lucró de su ministerio ni usó a los fieles para fines mezquinos.

Y porque el P. Walter quiso vivir la fidelidad cristiana, pudo también vivir fielmente su sacerdocio. Desde un comienzo tuvo la voluntad de ser fiel a su ministerio. Por eso su lema de ordenación fue: “Les pido que me ayudéis a cumplir mi misión con vuestras oraciones”. Y ciertamente cumplió bien su misión. De él se puede decir hoy: “¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mt 25, 21). Porque el P. Walter en su ministerio sacerdotal pasó haciendo el bien, no serán los medios de comunicación quienes lo reconozcan. Será el Señor quien se lo reconozca y se lo recompense.

 Quienes conocimos al P. Walter quedamos con la estampa de un hombre de “una sola pieza”. Fue siempre sencillo, sin complicaciones y sin ningún tipo de doblez. Era íntegro, como hombre, como cristiano y como sacerdote. Por eso se podía confiar en él. Desde que lo conocí me llamó la atención su candidez, casi de niño. Parecía que no podía pensar mal de nadie. No había prejuicios en él. Era impresionante la belleza de sus ojos y de su mirada, que más se acentuaba en la medida que se acercaba la hora de su muerte. Es la belleza del alma pura y de los que son limpios de corazón, los bienaventurados que verán a Dios (cf. Mt 5,8).

El P. Walter buscó el Reino de Dios y su justicia, no sus añadiduras. El se hizo pequeñito ante Dios y por eso entendió qué era lo realmente importante, según dice Jesús: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños” (Mt 11, 25).

No me referiré a todo lo que hizo el P. Walter en sus casi cincuenta y tres años de ministerio sacerdotal, tanto en el aspecto religioso, cultural y material. Más bien quiero destacar de él su condición de pastor a semejanza de Jesús, quien dice: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas” (Jn 10,11).

En verdad, el P. Walter más que dar su tiempo y su dinero  -que los dio en abundancia- se dio a sí mismo. Entregó su vida para la salvación de los fieles. No había separación entre su vida privada y su vida ministerial. Él quería ser siempre sacerdote, quería ser en todo sacerdote, quería ser totalmente sacerdote. Vivió la caridad pastoral que lo abarca todo. El P. Walter es de aquellos cristianos a los que, al morir, se podría uno encomendar a su intercesión ante el Señor. Con su buen ejemplo sacerdotal y su intercesión,  estoy seguro que el Señor suscitará en el corazón de muchos jóvenes, en el corazón de ustedes, jóvenes aquí presentes, el anhelo de ser sacerdotes santos, sacerdotes al 100%, entregados por completo a Jesucristo, a su Esposa la Iglesia y al servicio sacerdotal de los hermanos.

María Santísima, la Madre siempre virginal del Señor, la compañera de camino del P. Walter, a la que invocaba incansablemente en sus muchos y prolongados viajes, a la que una y otra vez le decía: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”, ciertamente le escuchó, le asistió en su enfermedad y le tendió su mano  al morir, para presentárselo como su hijo a su Hijo Jesucristo. Es lo que pedimos al Señor en nuestra oración y la intención con la que celebramos este Santo Sacrificio de la Misa: que nuestro querido hermano Walter esté ya gozando lo que con fe y devoción celebró anticipadamente en el misterio, la participación en el banquete celestial con el Cordero Pascual.

Recordaremos al P. Walter como un sacerdote activo, de mucha iniciativa, constantemente visitando a sus comunidades, fiel a sus compromisos pastorales, viajando por todos lados en el cumplimiento de su misión. Parecía siempre apurado, luchando contra el tiempo. Y sin embargo, tanta actividad en él no fue activismo, sino el anhelo de vivir la voluntad de Dios y de servir a sus hermanos. Por eso aceptó con tanta paciencia y resignación sus últimos años de inmovilidad física y postración, como si su cama fuese la cruz en la que estuvo clavado, como Cristo, ofreciendo su sufrimiento por la Iglesia y muy particularmente por la Diócesis. Como San Pablo, el P. Walter podría haber dicho: “Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte, pues para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia” (Fil 1,20-21). En su postración física siguió ejerciendo el fecundo ministerio de la oración y del ofrecimiento de sí mismo.

En el último tiempo estaba absolutamente imposibilitado de celebrar Misa. Ni siquiera podía recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Murió en las vísperas del Corpus Christi. Es casi un signo de que el Señor quiso que su fiel discípulo fuese él mismo una hostia grata al Padre. El P. Walter, que nunca perdió la conciencia, pudo decir de verdad lo que miles de veces repitió: “Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria. Amén”. 

+ Francisco Javier

Obispo de Villarrica