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Reflexión Mons. Stegmeier en la Fiesta del Sagrado Corazón

Hermanos en Jesucristo:

Este viernes celebraremos la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. La palabra “corazón” nos evoca la idea de profundidad, intimidad, amor. Su mención es suficiente para indicar aquella realidad que no se puede explicar con muchas palabras. Así es, por ejemplo, cuando le decimos a alguien “te doy mi corazón” o “me has roto el corazón”. Por eso cuando Dios nos habla en su Palabra nos dice que tiene un corazón, para destacar su relación personal y entrañable con nosotros.

El Señor nos hace ver que le importamos mucho. Él no es indiferente respecto a nuestro amor. En el lenguaje humano, que expresa de algún modo el misterio insondable de la intimidad divina, podemos decir que el corazón de Dios se alegra cuando nosotros le amamos en respuesta a su amor infinito y se entristece con nuestro desamor cuando le ofendemos con nuestro pecado.

Dios cuando ve mi pecado debería castigarme, pero al mirarme a la cara prevalece el amor de corazón de Padre, y dice: “¿Cómo voy a dejarte, Efraím, cómo entregarte, Israel? … Mi corazón está en mí trastornado, y a la vez se estremecen mis entrañas”. El Señor, al vernos perdidos y miserables a causa del pecado, siente compasión por nosotros y decide tener misericordia: No daré curso al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraím, porque soy Dios, no hombre; en medio de ti yo soy el Santo, y no vendré con ira (Os 11,8.9).

Si en el Antiguo Testamento Dios habla simbólicamente de su corazón, en el Nuevo lo hace de su Corazón de carne. En efecto, el Hijo eterno del Padre, Dios como Él, tomó nuestra naturaleza humana, haciéndose en todo semejante a nosotros menos en el pecado (ver Hb 4,15). Desde la Encarnación del Verbo, Dios tiene un corazón humano. Cristo, Dios verdadero y hombre verdadero, con su Corazón nos ama con amor humano y divino.

El Corazón de Cristo “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Es este amor el que suscita en los pecadores la confianza de acercarse a Jesucristo, al caer en la cuenta de lo que significa que Él no ha “venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Lc 5,32). La comprensión espiritual del amor misericordioso de Cristo lleva al pecador a dolerse de haberlo ofendido y de arrepentirse de sus pecados.

El Corazón de Jesús nos manifiesta que es su amor el que nos salva. La fe en su amor y nuestra respuesta de amor nos hará esperar con confianza el cumplimiento de las promesas divinas de conversión, santidad y vida eterna. El amor a Dios nos conducirá a amar al prójimo y a renovar el mundo en el amor del Corazón de Cristo, Señor de la humanidad y de la historia.

+ Francisco Javier

Obispo de Villarrica