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Homilía de Monseñor Stegmeier en la Ordenación Diaconal de Roberto Mera

“Roberto, en nombre de Jesucristo, hoy te ofrecezco menosprecios, insultos, calumnias y todo tipo de contradicciones. Pero también como Cristo, en su nombre y apoyado en su promesa, te prometo aquella alegría y aquella paz del mismo Cristo y que nadie te podrá quitar. Y poseerás la vida eterna en herencia a tu fidelidad”.

Sábado 21 de septiembre de 2019, 11:00 horas, Catedral de Villarrica

Hermanos en Jesucristo:

No me han elegido ustedes a mí, sino que yo los he elegido a ustedes (Jn 15,16). Estas palabras, dirigidas por Jesús a sus apóstoles, las sigue repitiendo a lo largo de la historia de la Iglesia. Toda vocación, también la del orden sagrado, es un misterio nacido de siempre en el corazón del Señor. Hoy y aquí la llamada de Cristo se verifica en nuestro hermano Roberto, a semejanza de lo dicho por Dios al profeta Jeremías: Antes de haberte formado Yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado: Yo te constituí profeta de las naciones(Jer 1,5).

La elección de Roberto al ministerio sagrado es un don de Dios que no depende de méritos personales previos. Pudo haber llamado a otros, pero lo llamó a él. En efecto, como tantos otros, Roberto creció y se educó en nuestra ciudad de Villarrica. Desde pequeño conoció al Señor Jesucristo en el seno de su familia y vivió siempre en la comunión de la Iglesia, que lo alimentó con la Palabra de Dios y con los Sacramentos, especialmente la Eucaristía.

Muchos villarricenses lo conocen y pueden dar testimonio que fue un niño, un adolescente y un joven normal como los demás, con las características propias de la época que le ha tocado vivir. Como todos, tiene muchas cosas positivas y también algunos defectos, que con la ayuda de Dios tendrá que ir superando.

Pero hay algo especial en Roberto, que lo distingue de otros jóvenes. Cristo lo eligió para convertirlo en instrumento de su salvación y de su vida divina a favor de sus hermanos. Para ello le dijo el Señor: “Sígueme (Jn 21,19).

Esta vocación es un don inmerecido de la misericordia del Corazón de Cristo. Es la experiencia del Profeta Jeremías, que responde así al llamado divino, por sentirse indigno de la elección e incapaz de la misión: “¡Ah, Señor Dios! Mira que no sé expresarme, que soy un muchacho” (Jer 1,6).

Pero en esto se muestra la gratuidad del amor del Señor. Como San Pablo, hay que decir: Por la gracia de Dios, soy lo que soy (1 Cor 15,10). La vocación al orden sagrado, como toda vocación, debe ser motivo de gratitud, de alegría y de humildad. Sólo así se puede vivir según la voluntad de Dios y se podrá dar muchos frutos de conversión y santidad, primero en el mismo ministro y luego en los fieles a quienes deba servir. El Señor es quien se encarga de capacitar al elegido para la misión que se le encomienda. Así nos lo dice Jeremías: “Entonces alargó el Señor su mano y tocó mi boca. Y me dijo el Señor: Mira que he puesto mis palabras en tu boca” (Jer 1,9).

Roberto, has recibido el don del celibato “por amor al Reino de los Cielos” (Mt 19,12). Es Cristo quien te dice: Deja “casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre” (Mt 19,29). La renuncia a bienes legítimos, a los que otros están llamados a poseer, tiene su origen en el amor primero de Dios, el Bien con mayúscula. En Él se encuentra el sentido último del celibato, de la pobreza y de la obediencia.

El amor de Cristo debe llenar siempre el corazón del que le ha entregado toda su vida. Permanecer en el amor de Cristo lleva a realizar en todo su voluntad y a participar de su alegría sin límites, según las palabras del Evangelio: “El Padre me amó, Yo también los he amado a ustedes; permanezcan en mi amor. Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como Yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Les he dicho esto, para que mi gozo esté en ustedes, y su gozo sea colmado” (Jn 15,9-11).

Es verdad que los tiempos actuales son difíciles. Para un joven que quiera ser sacerdote todo parece ir en contra. No podemos saber con certeza cómo serán las cosas en el futuro. Pero todo parece indicar que para un cristiano que quiera ser fiel a Jesucristo, más todavía si es sacerdote, vendrá la persecución. Es posible que nos toque vivir en carne propia lo anunciado por el Señor: “Entonces los entregarán a la tortura y los matarán, y serán odiados de todas las naciones por causa de mi nombre” (Mt 24,9).

No es lo mismo haberse ordenado hace diez o veinte años que ordenarse hoy. Roberto, en nombre de Jesucristo, hoy te ofrecezco menosprecios, insultos, calumnias y todo tipo de contradicciones. Pero también como Cristo, en su nombre y apoyado en su promesa, te prometo aquella alegría y aquella paz del mismo Cristo y que nadie te podrá quitar. Y poseerás la vida eterna en herencia a tu fidelidad.

La condición para que un ministro célibe, pobre y obediente sea muy feliz, aún en medio de las persecuciones, es que en él resida el amor de Cristo y así participe de su misma alegría. El amor es la fuerza para mantener la fidelidad y conservar la amistad del Señor. La clave es que Cristo sea “el” amigo de Roberto: “A ustedes los he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre se los  he dado a conocer” (Jn 15,15).

Los nuestros son tiempos difíciles, pero es cuando precisamente hay que ser levadura (cf. Lc 13,20-21), sal y luz del mundo (cf. Mt 5,13-14). Es esta una época privilegiada para dar testimonio del Señor, para ser sus testigos, es decir, ser “mártir”. Estamos siendo observados por todos y en todos los lugares, “pues nada hay oculto que no quede manifiesto, y nada secreto que no venga a ser conocido y descubierto” (Lc 8,17).

Hoy el mundo, no siempre con recta intención, ciertamente, nos está diciendo por todos los medios cómo debe comportarse un consagrado al Señor y se encarga de denunciar a quién no ha cumplido con sus promesas de celibato, de pobreza y de obediencia. Parafraseando a San Pablo, podemos decir:  “Pero ¿y qué? Al fin y al cabo, hipócrita o sinceramente” (Fil 1,18), estas denuncias contribuirán providencialmente a que los ministros vivamos como corresponde a nuestra identidad, a nuestra vocación y a nuestra misión. La transparencia exige coherencia. Los ministros del Señor y de la Iglesia han de ser vistos siempre como hombresde buena fama, llenos de Espíritu y de sabiduría” (Hch 6,3).

A estas alturas, después de más de siete años de formación en el Seminario y en las actuales circunstancias de la Iglesia, nuestro hermano Roberto tiene muy claro qué debe y puede hacer y que es lo que no debe hacer. Pero el comportamiento no debe estar pauteado desde fuera, sino que debe nacer de una convicción interna suscitada por la gracia del Espíritu Santo, precisamente porque se es amigo de Jesús: “Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando” (Jn 15,14).

¿Qué nos manda el Señor? “Este es el mandamiento mío: que se amen los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 15,12). Este es el amor de caridad que va más allá del simple amor humano, que supera discordias y modos egoístas de tratar a las personas. Es el amor que engendra vida y alimenta a la comunidad cristiana, fomenta la comunión fraterna y se pone al servicio de todos, como el Maestro, que “no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mt 20,28).

En la JMJ de Panamá escuchamos decir al Papa Francisco: “La salvación que Dios nos regala es una invitación a formar parte de una historia de amor que se entreteje con nuestras historias; que vive y quiere nacer entre nosotros para que demos fruto allí donde estemos, como estemos y con quien estemos” (Vigilia de Oración).

Roberto, durante los meses de ejercicio del diaconado transitorio, por amor a Cristo, deberás manifestar una particular dedicación a tus hermanos más necesitados y al servicio de las mesas. Sin embargo, hoy el servicio de amor más urgente y necesario que se debe prestar a cada persona en concreto es el anuncio de Jesucristo como único Salvador de todos los hombres.

Roberto, has elegido como lema de ordenación diaconal estas palabras del Señor: Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo (Jn 17,3). Es un programa de vida y de apostolado, que consiste esencialmente en el anuncio de Jesucristo muerto y resucitado para nuestra salvación, cuya presencia en la Iglesia causa la comunicación de su gracia redentora.

“Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15,13). Es el ejemplo y la enseñanza que nos ha dejado Jesucristo. “Dar la vida” tiene que ser el ideal permanente del diácono y del sacerdote. Es dar la vida por amor, para ser fecundos como el grano de trigo que, “si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24). Roberto, te consagras al Señor por amor renunciando a una esposa y a unos hijos, para tener como única esposa a la Iglesia, “como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella” (Ef 5,25). Por tu ministerio muchos se convertirán en hijos de Dios por la gracia.

Nuestro hermano Roberto se ordena diácono en tránsito al presbiterado. Al igual que él, el Señor llama a muchos jóvenes al sacerdocio ministerial. Cuando Cristo pensó en la Iglesia, la pensó con muchos sacerdotes. Si todos los fieles viviesen su fe como debe ser, es decir, si hoy todos los católicos se confesaran regularmente, si todos los que necesitan el sacramento de la Unción de los Enfermos lo pidieran, si todos los católicos participaran en la Misa dominical, estemos seguros que el número actual de sacerdotes no sería capaz de atender  a todos.

Dios quiere que muchos jóvenes sean sacerdotes, porque el sacerdocio es parte del ser mismo de la Iglesia. Sólo por su medio se puede celebrar la Eucaristía, presencia real, verdadera y sustancial de Cristo: la Sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo(PO 5). Sin la Eucaristía no hay Iglesia.

Oremos “al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies (Lc 10,2), para que haya suficientes sacerdotes que anuncien el Evangelio, bauticen, confiesen, unjan a los enfermos y celebren la Eucaristía. Jóvenes aquí presentes, les animo a que se dispongan a seguir a Jesucristo. Dénle la vida y Él les dará la vida eterna. ¡Vale la pena!

Oremos también por Roberto. Todos quienes estamos hoy aquí en la celebración de su ordenación diaconal lo conocemos y queremos. Nuestro deseo es que sea un buen diácono y un mejor sacerdote. Que sea muy feliz en su ministerio y que haga a todos felices con la alegría de Cristo.

Ayudémoslo a ser un santo ministro del Señor y de la Iglesia con nuestra oración y nuestra cercanía de hermanos en Cristo. También, si es necesario, hagámoslo con nuestra corrección fraterna, llena de verdad y de caridad.

Sobre todo encomendemos a Roberto a la intercesión de su Madre, la siempre Virgen María. Ella le mantenga siempre fiel a Jesucristo. En el Evangelio, es a los diáconos a los que les dice: “Hagan lo que Él les diga” (Jn 2,5). A Jesucristo sea todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos. Amén.

+ Francisco Javier

(Fotos: Luis Toro Cofré)