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Reflexión de Mons. Stegmeier: La Noche de Navidad, un bálsamo de consuelo

Hermanos en Jesucristo:

En lo más espeso de las tinieblas de la noche, nació en un pobre pesebre Jesucristo, quien dirá después de sí mismo: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12). Él es también “Príncipe de Paz” (Is 9,5). En este año difícil para Chile, en el que tantos compatriotas nuestros han experimentando las consecuencias de lo más tenebroso del hombre, con sus secuelas de violencia e inseguridad, la Noche de Navidad viene a ser un bálsamo de consuelo. Como a los pastores de Belén, también a nosotros el ángel nos dice: “No teman, pues les anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2,10-11).

En Navidad hemos de pedir la gracia de caer en la cuenta, después de todo lo que está pasando en nuestra Patria, que sólo en Cristo es posible la paz plena en el corazón del hombre y en el de la sociedad. Sólo con Él “la paz no tendrá fin” (Is 9,6). El hecho de que nuestra Paz haya aparecido en el mundo como un pequeño “niño, envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2,12) tiene que hacernos crecer en la virtud de la fe y reconocer que nuestra fortaleza sólo está en el Señor. Mucho de lo que estamos viviendo en Chile es fruto de nuestra autosuficiencia y de haber puesto la confianza en cosas perecederas como si fueran definitivas y causas de vida eterna.

Acerquémonos al Niño Dios de Belén llenos de confianza y humildad, con el corazón contrito y humillado a causa de nuestros pecados, reconociéndonos pobres en la presencia del Señor, pero con la certeza de que “ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre” (Tt 3,4). En Navidad se nos confirma que Dios es bueno y que nos ama con un amor infinito. El mundo entero y cada uno de nosotros somos amados por Dios de un modo que nadie puede vislumbrar. Por eso se pudo decir: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). Y también: Cristo “me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gál 2,20).

La paz en nuestros corazones y en Chile es posible. Será una realidad cuando todos reconozcamos y acojamos en nuestras vidas a Cristo, el Hijo del eterno Padre, nacido de la siempre Virgen María, para ser nuestra Redención y constituirnos hijos de Dios por el nacimiento nuevo del agua y del Espíritu Santo y hacernos hermanos en la comunión de la Iglesia, la gran familia de Dios.

En esta Navidad les deseo junto a sus familias la gracia de tener un corazón lleno del amor de Cristo, para recibir de Él el mejor regalo: paz y alegría.

+ Francisco Javier

Obispo de Villarrica