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Reflexión de Mons. Stegmeier: “La promesa de Jesús”

Hermanos en Jesucristo:

La promesa de Jesús no es oro ni plata, ni siquiera buena salud y vida larga aquí en la tierra. Él no se conforma con darnos algo con tan poco valor. La promesa del Señor es poseer una alegría de tal naturaleza que nadie nos la podrá quitar (ver Jn 16,22) y una paz que nadie en la tierra puede experimentar: “Les dejo la paz, mi paz les doy; no se la doy a ustedes como la da el mundo. No se turbe su corazón ni se acobarde” (Jn 14,27), “que el Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rm 14,17).

Pero hoy hay tanta gente que vive inquieta y temerosa cuando se pregunta seriamente por el futuro. Hasta hace pocos parecía que lo único seguro era tener dinero, ahora y aquí. Como que el mensaje del mundo era: con dinero compras lo que quieres, incluso la felicidad. La pandemia nos ha despertado a la realidad y nos  ha hecho ver cuán frágiles somos.

De algún modo, el temor surge no siempre de un mal presente, sino sobre todo de la incerteza de un futuro que no podemos prever ni controlar. Más todavía si sabemos que allá en el horizonte nos espera la muerte.

Pero Cristo vino precisamente a “libertar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud” (Hb 2,15). El Evangelio es el anuncio de la mejor noticia: el temor ha sido vencido, porque la muerte ha sido vencida con la Resurrección de Cristo. Por eso hay una sola condición para no ser esclavos del temor a la muerte: creer en Jesús, tal como nos lo dice Él: “No se turbe el corazón de ustedes. Creen en Dios: crean también en mí” (Jn 14,1). Por eso “no se inquiete el corazón de ustedes ni tenga miedo” (Jn 14,27)

El misterio de la persona sólo alcanza su sentido en la plena realización de su existencia, y así podrá ser feliz. Pero nadie puede realizarse si finalmente todo acaba en la muerte. El hombre está llamado a la plenitud de vida en la comunión con la vida de la Trinidad en el Cielo.

Felipe intuye eso cuando afirma en el Evangelio: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta” (Jn 14,8). Pero para alcanzar esa meta hay que saber que eso sólo es posible por Cristo, porque Él mismo dice: “Yo soy el Camino y la Verdad y la Vida; nadie va al Padre, sino por mí” (Jn 14,6).

Sólo Cristo nos hace mirar el futuro con esperanza, poniendo alegría y paz en nuestros corazones, y quitando vanas inquietudes y temores. Acerquémonos a Cristo, el Hijo eterno del Padre que se hizo hombre para salvarnos por medio de su muerte y resurrección. En la contemplación del rostro de Cristo está nuestra felicidad ya en la tierra por la oración y la Eucaristía,  porque, como lo dice Él mismo: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,9).

+ Mons. Francisco Javier Stegmeier

Obispo de Villarrica