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Reflexión de Mons. Stegmeier: Hemos perdido el norte (parte III)

Hermanos en Jesucristo:

Tenemos que recuperar el norte en nuestro caminar como nación. Podemos decir que hoy más que la falta de dinero, lo que hay es la falta de brújula que nos oriente hacia dónde ir.

En un contexto de secularización de la sociedad y la pérdida de la fe de muchas personas  o, al menos, la separación entre lo que se cree y sus consecuencias sociales, los principales responsables de conducir a Chile no parecen tener la respuesta respecto al sentido del devenir histórico. En la mentalidad liberal y en el generalizado agnosticismo cultural que todo lo invade es posible plantear todas las hipótesis imaginables, con la condición que se excluya a Dios.

Sin embargo, es precisamente la exclusión de Dios, vivo y verdadero, trascendente y al mismo tiempo creador de todas las cosas, lo que ha llevado a la sociedad a perder su norte y explica su desorientación.

Esta desorientación y sus consecuencias de desintegración social se deben a la no consideración de la verdad de las cosas. La realidad es que efectivamente todo depende de Dios como su origen, sustento y fin. Si esto se debe decir del cosmos material, mucho más hay que decirlo del hombre y de todo su obrar propiamente humano.

La misma historia es obra del hombre en cuanto a que ella depende del uso de la inteligencia y de la libre voluntad de cada uno y de cómo esos actos influyen en el conjunto de la sociedad. Es el hombre quien le da la orientación –o desorientación- a la historia como el devenir de una sociedad en relación a Dios. En esto la realidad no es neutra. Todo obrar humano, debido a su dimensión moral, conduce hacia Dios o aleja de Dios.

Es por ello que el Concilio Vaticano II, en su Constitución Gaudium et Spes, dice que “el Señor es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones” (45).

Sólo “Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo a fin de que pueda responder a su máxima vocación y que no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en el que sea necesario salvarse… La clave, el centro y el fin de toda la historia humana se halla en su Señor y Maestro… Bajo la superficie de lo cambiante hay muchas cosas permanentes, que tienen su último fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y para siempre. Bajo la luz de Cristo, imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación” se esclarece “el misterio del hombre” y se pueden encontrar “soluciones que respondan a los principales problemas de nuestra época” (10).

+ Francisco Javier

Obispo de Villarrica