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Homilía de Mons. Stegmeier en la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María (VIDEO Y TEXTO)

  • Primera Lectura del libro del Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab
  • Sal 44, 10. 11-12. 16 R/. De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir.
  • Segunda Lectura de la Primera Carta del Apóstol san Pablo a los Corintios 15, 20-27a
  • Santo Evangelio según San Lucas 1, 39-56

Hermanos en Jesucristo:

El misterio de la Asunción de la Virgen María celebrado en medio de esta pandemia y, en nuestra región, la acechanza de la violencia  que nos afecta a todos, se convierte en un particular signo de esperanza y de luz. María se nos aparece hoy como aquella “Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies  una corona de doce estrellas en su cabeza” (Ap 12,1).

Desde que María fue asunta al Cielo en cuerpo y alma por su Hijo Jesucristo, los cristianos han celebrado este acontecimiento en la liturgia como una fiesta gozosa, en algunas partes llamada el Tránsito de la Virgen María al Cielo, en otras partes la Dormición, para indicar que Ella no habría muerto, sino que se habría dormido y entonces habría sido arrebata al Cielo. También a esta fiesta se la llama la Asunción.

Aunque la Iglesia nunca se vio en la necesidad de defender esta verdad del misterio de María, porque nunca nadie lo había puesto en duda, nos dice la historia que hace setenta años, en 1950, viendo que Europa y de algún modo el mundo entero en poco tiempo se había visto estremecido por dos sangrientas guerras mundiales y que aún los pueblos estaban profundamente heridos por lo que significa el dolor de haber visto morir a millones de personas, viendo además, que cundía el miedo de la  posibilidad que viniese otra guerra aún peor, el Papa Pío XII quiso proclamar esta verdad de fe como un dogma.

¿Por qué? Precisamente para que el misterio de la Asunción de María resplandeciera en el mundo entero como un signo de luz, de alegría y de esperanza. Como hoy, en aquel entonces, los pueblos experimentaron cuán frágil es la convivencia humana y cómo tan fácilmente se puede convertir esta tierra en un valle de lágrimas a causa del pecado de los hombres. Recordemos todos los horrores de la Segunda Guerra Mundial y cómo sus terribles consecuencias perduraron en tantos  países  del Este de Europa, de Asís, de África y de América, por decenas de años hasta la caída del Muro de Berlín.

En tales circunstancias, la Iglesia le dice a este mundo tan marcado por el dolor, la división y los odios que finalmente no prevalecerá el poder del mal y del demonio, el dragón infernal del que nos habla el Apocalipsis, sino que prevalecerá el triunfo de Cristo.

Ya lo sabemos, esta victoria es la Resurrección de Cristo, “el primero de todos” (1 Cor 15,20), es decir, el primero de todos aquellos que participarán de su victoria sobre la muerte. La muerte no tiene la última palabra. La tiene Cristo, porque Él es “la Resurrección y la Vida” (Jn 11,23) .

Cristo nos reveló cómo esto será realidad para todos nosotros al final de los tiempos. Pero el Señor no quiso esperar hasta la parusía para hacer participar de su Resurrección y Ascensión al cielo a su Madre, de quien recibe su carne y su sangre al hacerse hombre en su seno por obra y gracia del Espíritu Santo.

El gozo inconmensurable de Cristo resucitado es participado por una criatura, María, anticipo de lo que acontecerá con nosotros, es decir, todos “aquellos que estén unidos a Él en el momento de su venida” (1 Cor 15,23).

Como en el Evangelio, María viene hoy a nosotros trayéndonos a Cristo, fuente de alegría. Si la realidad nos muestra que efectivamente hay motivos ciertos para andar tristes, más todavía por el pecado de cada uno de nosotros y del el mundo, la presencia y el ejemplo de la Virgen María nos asegura que los motivos de estar alegres son mucho mayores. Es la alegría de la salvación en Cristo. Es la alegría del anuncio del Evangelio que nos asegura que la “misericordia de Dios se extiende de generación en generación sobre aquellos que le temen” (Lc 1,50).

María vive esta alegría del Señor. Así se lo dice el Ángel: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1,28). Así se lo dice Isabel: “Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor” (Lc 1,45). Y así María expresa esa alegría: “Mi espíritu se estremece de gozo en Dios” (Lc 1,47).

Si Jesús pudo decir a sus discípulos: “Les he hablado de esto para que mi alegría esté en ustedes, y su alegría llegue a plenitud” (Jn 15,11) y “se alegrará el corazón de ustedes y nadie les quitará su alegría” (Jn 16,22). Cuánto más hay que decirlo de la Virgen María, la Madre del Señor, con quien compartió por treinta años en el seno del hogar. ¡Cuántas cosas le habrá hablado Jesús a su Madre en la intimidad!

Hablar de María es hablar de la alegría del Señor. Celebrar la Asunción de la Virgen al Cielo en cuerpo y alma es alegrarnos nosotros con una inmensa alegría. Es la alegría del que cree y espera en las promesas del Señor. Es la alegría del corazón que, aún recociéndose pecador, se sabe amado del Señor. Es la alegría de quien ama al Señor y quiere amarlo siempre más. Como María.

Por eso, la Asunción es un signo de luz, de alegría y de esperanza. Pero no solo para cada uno de los cristianos. Es un signo para la Iglesia entera, de quien la Virgen María es imagen. Algún día la Iglesia será lo que hoy es María. La Iglesia es “la novia, la esposa del Cordero” (Ap 21,9), gloriosa, resplandeciente de luz, “que no necesita del sol ni de la luna que la alumbre, pues la gloria del Señor la ilumina, y su lámpara es el Cordero” (Ap 21, 23). En la tierra, la Iglesia Santa aparece opaca a causa de los pecados de sus hijos. Pero en el Cielo, como María, manifestará todo su esplendor por la santidad de los redimidos por Cristo.

Pero la Asunción de María es también el signo de la esperanza cierta de que se cumplirá la promesa del Señor de que todo el mundo, todas las naciones, todos los pueblos, la humanidad entera serán de Cristo aquí, en la tierra, en la historia. “Porque es necesario que Cristo reine hasta que ponga a todos los enemigos debajo de sus pies” (1 Cor 15,25). En efecto, está dicho que “caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora” (Is 60,3).

Los pueblos que se enfrentan en guerras, los grupos que se miran como enemigos algún día, aquí en la tierra, se abrazarán como hermanos, reconciliados por Cristo. “El es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno, derribando en su cuerpo de carne el muro que los separaba: el odio” (Ef 2,14).

María es el signo de la humanidad reconciliada por Cristo. La paz y la fraternidad entre los hombres y entre los pueblos son posibles. Pero su condición es que todos nos volvamos a Cristo y lo reconozcamos como el Mesías, el único Mesías verdadero que puede establecer su reino mesiánico en la tierra con todos sus bienes de paz, de alegría, de amor, de justicia.

El Señor “juzgará entre las naciones, será árbitro de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra. Vengan: caminemos a la luz del Señor” (Is 2,4-5).

María nos dice lo mismo, con muy pocas palabras: “Hagan todo lo que Jesús les diga” (Jn 2,5). Hombres y mujeres, niños, jóvenes y adultos, matrimonios y familias, instituciones y naciones enteras: Hagan todo lo que Jesús les diga y verán qué milagros se producirán y sin gastar un peso. La paz se nos dará gratis.

María en el esplendor de su gloria en el cielo, partícipe de la gloria de su Hijo resucitado, nos muestra a dónde nos quiere conducir el Señor. La esperanza en el Señor es nuestra seguridad, confianza y alegría.

La Eucaristía es prenda de todo esto. Y es también ya realidad aquí y ahora lo que será consumación en la eternidad.

“Cristo, que pasó de este mundo al Padre, nos da en la Eucaristía la prenda de la gloria que tendremos junto a Él: la participación en el Santo Sacrificio nos identifica con su Corazón, sostiene nuestras fuerzas a lo largo del peregrinar de esta vida, nos hace desear la vida eterna y nos une ya desde ahora a la Iglesia del cielo, a la Santísima Virgen María y a todos los santos” (CEC 1419). Por los siglos de los siglos. Amén.

+ Francisco Javier

Obispo de Villarrica

15/08/2020