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18 de agosto: La Iglesia celebra a San Alberto Hurtado

Por ACI Prensa

San Alberto Hurtado (1901-1052) quiso imitar a Jesús en medio de las cosas sencillas de la vida, en el día a día de una vida ordinaria. Quiso vivir como Cristo, que se dedicó a los pobres y huérfanos, y se preocupó por darles una vida digna. San Alberto se caracterizó, en medio de las circunstancias que le tocó vivir, por su fortaleza, su generosidad y su entrega incondicional a Dios.

Alberto Hurtado Cruchaga nació el 22 de enero de 1901, en Viña del Mar, Chile, en el seno de una familia católica. Sus padres, Alberto Hurtado y Ana Cruchaga, vivían en el fundo Los Perales de Tapihue, cerca de la localidad de Casablanca, donde Alberto pasó sus primeros años de vida.

Cuando tenía cuatro años, su padre falleció dejando a su madre a cargo de su hermano Miguel y de él. Al no tener suficientes ingresos para la manutención de sus dos hijos, doña Ana tuvo que vender el fundo y mudarse a Santiago, la capital, donde fueron acogidos por sus familiares.

En 1909, ingresó al Colegio San Ignacio donde destacó por ser buen compañero, entusiasta y alegre. Fue durante aquellos años cuando comenzó a sentirse atraído por la vocación al sacerdocio.

Sin embargo, la precaria situación económica en la que se encontraba su madre le impidió, al acabar el colegio, cumplir el sueño de entrar en la Compañía de Jesús. Así que decidió estudiar leyes en la Pontificia Universidad Católica de Chile con el propósito de ayudar a su familia. Alberto estudiaba por las mañanas, trabajaba en las tardes, y por las noches, en las pocas horas que le quedaban libres, colaboraba en la parroquia Virgen de Andacollo.

En esos duros años, Alberto nunca perdió la esperanza de poder ser sacerdote. De hecho, rezaba mucho para que Dios le conceda esa gracia. En 1923, sus oraciones fueron escuchadas y pudo ingresar al seminario de la Compañía de Jesús. Diez años más tarde, en 1933, era ordenado sacerdote en Bélgica.

El santo regresó a Chile en 1936. De inmediato, se puso a trabajar como profesor en el Colegio San Ignacio. Allí se dedicó a orientar a los niños y jóvenes que buscaban salir adelante, sobreponerse a la miseria y encontrar un sentido para sus vidas. Alberto se convirtió en un apoyo y guía para muchos de ellos, quienes solían buscar su compañía y consejos. Su carisma era tan grande que su fama sobrepasó los límites del colegio y fue llamado a servir como asesor de la Acción Católica Juvenil.

Junto a sus colaboradores, recorrió la patria chilena inflamando los corazones de los jóvenes con el deseo de luchar por la gloria de Cristo.

El Hogar de Cristo

Una noche encontró en la calle a un indigente que estaba muy enfermo y completamente abandonado. En otra oportunidad, vio a un grupo de niños que dormían bajo un puente del río Mapocho. Estas experiencias lo marcaron profundamente. Había visto en cada uno de esos seres humanos el rostro de Cristo sufriente. Por ellos se decidió a emprender un camino de servicio efectivo. Pidió a sus feligreses que lo apoyaran con todas las limosnas posibles. Así reunió dinero, joyas y bienes inmuebles (casas, terrenos) con las que fundó la gran obra de su vida: “El Hogar de Cristo”.

Con incansable amor recorría las calles en su camioneta para recoger a los pobres y niños que encontraba abandonados; los llevaba al “Hogar de Cristo” y allí les daba alimento y refugio -un poco de leche caliente y una cama para pasar la noche-.

San Alberto era un hombre muy activo e ingenioso, siempre tenía un nuevo proyecto entre manos: una nueva casa de acogida para los niños, talleres de enseñanza, más camas para las hospederías. Fundó varios talleres de capacitación técnica para jóvenes, con el propósito de que puedan conseguir un trabajo digno. Pese a la incomprensión de muchos, siempre encontraba la fuerza para seguir sirviendo a Cristo en el hermano pobre.

Un aspecto muy importante de su vida fue el trabajo intelectual. Publicó libros y dio conferencias sobre los temas que le apasionaban: el sacerdocio, la adolescencia, la educación, el orden social y el catolicismo. Se dio tiempo hasta para fundar una revista a la que llamó “Mensaje”, además de otras publicaciones que promovió con la Acción Sindical Chilena.

Pese a la cantidad de tareas impuestas, nunca dejó de realizar dirección espiritual. Con su mejor sonrisa recibía y escuchaba a sus “patroncitos”, como solía llamar a sus dirigidos.

Tenía 51 años cuando le diagnosticaron cáncer. A pesar de los fuertes dolores de su enfermedad, siguió trabajando por Cristo desde su habitación en el Hospital Clínico de la Universidad Católica. La enfermedad no le quitó ni la alegría ni la paz. Aún estando delicado siempre tenía una palabra de esperanza y apoyo para quien lo necesitase. Repetía constantemente: “Contento, Señor, contento”.

San Alberto Hurtado partió a la Casa del Padre el 18 de agosto de 1952.

El 16 de octubre de 1994, San Juan Pablo II lo beatificó; y fue canonizado el 23 de octubre de 2005 por el Papa Benedicto XVI.

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