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Reflexión de Mons. Stegmeier: Ceferino Namuncurá, testigo de unidad

Hermanos en Jesucristo:

El 26 de agosto de 1886 nació en Chimpay, Argentina, el Beato Ceferino Namuncurá.  Su vida es muy bonita y es un ejemplo de la unidad que debe darse entre nosotros. Nuestra época tan marcada por profundas y violentas divisiones recibe de Ceferino una interpelación a buscar aquella unidad que convierte la diversidad en riqueza para todos y no en enfrentamiento de unos con otros.

Ceferino es símbolo de unidad entre argentinos y chilenos, entre mapuches y huincas (“hombre blanco”), entre cultura originaria y fe en Cristo.

Ceferino, al igual que la Cordillera de Los Andes,  une a Argentina y a Chile. Ambos países se sienten identificados con él porque su padre, el Cacique Manuel Namuncurá y sus antepasados, lo mismo que su madre, son originarios de la Región de La Araucanía y más precisamente de la Diócesis de Villarrica.

El padre de Ceferino es totalmente mapuche y su madre, Rosario Burgos, tiene sangre mapuche y huinca. En su vida personal, Ceferino supo unir armoniosamente las riquezas aportadas por las dos razas. Nunca renunció a sus raíces, que lo acompañaron toda su vida, hasta su temprana muerte el 11 de mayo de 1905, cuando todavía no cumplía diecinueve años. La alianza de razas en su sangre la proyectó siempre en su fraterna relación con todas las personas y con todas las culturas.

Por último, Ceferino, orgulloso de ser mapuche y con el profundo sentido religioso característico de este pueblo, descubrió que la plenitud de todo lo verdadero, bueno y bello de su cultura originaria es Jesucristo. En efecto, sus padres lo bautizan a la edad de dos años. Él siempre manifestó su inmensa alegría de haberse convertido en hijo de Dios naciendo de nuevo del agua y del Espíritu Santo. Se da cuenta que Cristo no le quitó ningún bien de su cultura, sino que descubrió que su ser mapuche adquirió todo su sentido.

Al ir creciendo y madurando va profundizando más y más en el misterio de Cristo como Salvador de toda la humanidad y único Camino para tener vida eterna. Se sabe amado entrañablemente por el Señor y lo que más desea, a su vez, es amarlo a Él con todo su corazón. Muy joven, todavía adolescente, quiere anunciar el Evangelio a los suyos. Le dice a su padre: “Papá, me duelen los infortunios de nuestra gente, quiero hacer algo. Quiero estudiar para ser útil a mi gente”. Quiso hacerlo siendo sacerdote, porque sabía que el mayor bien para su pueblo mapuche era conocer y amar a Cristo.

El domingo 30 de agosto, día de Oración por los Pueblos Originarios, oremos, por intercesión de Ceferino y siguiendo su ejemplo, la gracia de reconocer en Cristo al único que puede unir lo que el pecado del hombre ha dividido.

+ Francisco Javier

Obispo de Villarrica