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Columna de Mons. Stegmeier: Confiemos en el Señor y convirtámonos a Él

Hermanos en Jesucristo:

La pandemia se ha prolongado en el tiempo mucho más de lo esperado. El deseo de todos era que fuese breve y lo que más queremos ahora es que termine ya. Pero, a pesar de todos los esfuerzos de la ciencia, no se vislumbra una pronta superación del coronavirus. Estamos experimentando cuán vulnerables somos y cuán frágiles son las seguridades humanas y sociales sobre las que nos apoyamos. Imprevista y abruptamente, a causa de un microscópico organismo, todo cambió.

Si Dios todopoderoso permite la prolongación de la pandemia es porque tiene un propósito. Muchas cosas se podrían decir al respecto, pero quiero destacar dos. Es un tiempo de gracia para confiar en el Señor y para convertirnos a Él.

Los momentos difíciles, en los que el poder humano experimenta su impotencia para dar con la solución a los problemas, son los más propicios para volver la mirada al Señor. Cuando pareciera que nada ni nadie puede ayudarnos, entonces nos nace decir con el salmista: “Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde vendrá mi auxilio? El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra” (Sal 121,1-2).

La vulnerabilidad del hombre y de la sociedad se hace patente cuando se presenta una pandemia como el COVID-19. Las catástrofes naturales, como terremotos, tsunamis, inundaciones, enfermedades… nos recuerdan que el prodigioso desarrollo del poder de la técnica es como nada cuando debe enfrentarse con la casi incalculable energía escondida y acumulada en la tierra.

El control del hombre sobre la creación es siempre inseguro, porque la estabilidad del universo depende de fuerzas que jamás podrán ser dominas, como es el comportamiento del sol, la amenaza de asteroides, los movimientos telúricos, etc. La ciencia humana podrá anticipar un acontecimiento, pero no evitarlo.

Esto nos lleva a decir: “Señor, al ver el cielo, obra de tus manos, la luna y las estrellas, que tú creaste, ¿qué es el hombre para que de él te acuerdes, el hijo de Adán para que de él te cuides?” (Sal 8,4-5). Nuestra conversión al Señor significa poner nuestra plena  confianza y seguridad en Él, no en nosotros mismos ni en poder alguno de este mundo.

Esta conversión al Señor y esta total confianza en su poder se funda en la certeza de fe de que cada uno está llamado a vivir eternamente en el cielo, participando de la misma infinita felicidad de Dios.

Para quienes vivimos de la fe, la pandemia es una ocasión más para crecer en la fe, la esperanza y la caridad, de modo que en medio de la inestabilidad de este mundo podamos vivir en la paz y la alegría del Señor y así ser instrumentos de su Reino en la historia.

+ Francisco Javier

Obispo de Villarrica