
En estos tiempos de conflictos y guerras, divisiones y odios, la Iglesia anuncia la paz de Cristo resucitado. Lo hace en un contexto de tensión mundial por la grave situación vivida en Medio Oriente, especialmente por la guerra en Irán y en El Líbano. El Papa León XIV ha vuelto a hacer un apremiante llamado a la paz. No se trata sólo de un asunto político o de estrategias de poder, sino que con estas guerras se está probando “la conciencia moral de la humanidad”.
Se ha de recurrir a todas las instancias posibles a fin de evitar las guerras, siempre devastadoras y afectando a los más vulnerables e inocentes: niños, ancianos, enfermos. Es un llamado a la paz constante de la Iglesia a través de la voz de los sucesivos Papas. Recordemos las palabras de San Juan Pablo II al Cuerpo diplomático: “«No a la guerra»! Ésta nunca es una simple fatalidad. Es siempre una derrota de la humanidad. El derecho internacional, el diálogo leal, la solidaridad entre los Estados, el ejercicio tan noble de la diplomacia, son los medios dignos del hombre y las naciones para solucionar sus contiendas”.
Hoy se están desarrollando simultáneamente guerras y graves conflictos en muchos lugares de la tierra, la mayoría de ellos pasan desapercibidos porque no son noticia, pero no por ello son menos inhumanos y crueles, como siempre ensañándose en los más débiles y desprotegidos.
Una de las tantas formas de violencia irracional es la persecución religiosa. Posiblemente ninguno de nosotros supo que, mientras algunos estábamos participando en la alegría de la Pascua y otros descansaban, este 5 de abril, en Nigeria, fueron asesinados a mansalva veintiséis cristianos reunidos en sus templos celebrando a Cristo resucitado. Hechos como estos se repiten casi a diario en distintos lugares del mundo.
La guerra, tantas veces motivada por mezquinos intereses de los poderosos, trae terribles secuelas de muertos, heridos, mutilados, traumas psicológicos, dolor en las familias de las víctimas. Y, a nivel del corazón, permanecen por años odios, rencores, deseos de venganza y enemistad entre las naciones, incluso al interior del mismo país.
Además, señala el Papa León XIV, la globalización y las comunicaciones instantáneas hacen que las consecuencias de los conflictos en un punto geográfico repercuten prácticamente en todos los países, como acontece, por ejemplo, con los efectos económicos a nivel mundial de la guerra de Irán.
Es por ello que la guerra no resuelve nada. Lo decía San Juan Pablo II: “Con la guerra nada se logra, pero se puede perder todo”. “Cristo es nuestra paz” (Ef 2,14). A Él hemos de elevar nuestra mirada suplicando el don de la paz, primeramente en el corazón de los gobernantes y en el de cada uno de nosotros, para, desde ahí, expandir la paz en el mundo.