
El matrimonio es una realidad presente en todas las culturas, civilizaciones y religiones, pero también las antecede y, de algún modo, las supera. Esto es así porque su origen no está en ellas, ni siquiera en el mismo hombre. En efecto, el matrimonio no surge de una reflexión de la inteligencia humana y de una decisión de su voluntad, aunque sea el único modo plenamente razonable de unirse un hombre y una mujer en vistas a la realización del innato deseo de toda persona de engendrar hijos y formar una familia.
Esta verdad natural es refrendada por la enseñanza de Jesús. Ante el hecho del divorcio, una de las tantas expresiones del machismo fruto del pecado original, dice el Señor que es una concesión de Moisés a los judíos a causa de la dureza de corazón de los hombres. Pero que no es lo que Dios quiso al principio de la creación, cuando “Dios los creó hombre y mujer. Por eso el hombre deja a su padre y a su madre y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Mc 10, 6-9).
La verdad del matrimonio y de la familia alcanza su plena comprensión y realización con la culminación de la divina revelación realizada por Cristo, quien es la misma Palabra de Dios hecha carne (ver Jn 1,14). El matrimonio es algo tan personal, tan conforme a la naturaleza humana, que es vivido de un modo único e irrepetible por cada hombre y mujer que se casan. Como la creación entera, obra de Dios, se despliega en su verdad, bondad y belleza en la casi infinita variedad multiforme de las criaturas, también la única verdad del matrimonio se despliega de miles de millones de modos diversos, como miles de millones han sido los esposos a lo largo de la historia. Pero en cada caso, permanece siempre el mismo matrimonio surgido del acto creador de Dios.
La expresión de Jesús, “lo que Dios ha unido no lo separe el hombre”, no se vincula solo al sacramento del matrimonio, sino a todo matrimonio verdadero. Pero, ciertamente, es más fácil vivirla con la gracia de Cristo, toda vez que esta unidad debe darse también en las dificultades, enfermedades y fracasos.
El fundamento en la naturaleza humana de “no separar lo que Dios ha unido” hace natural que los esposos se tomen de la mano. Más allá de una postura política, es un muy buen ejemplo para todos el hecho de que el Presidente de la República camine de la mano con su esposa en actos públicos. También es significativo el retorno de la institución de la Primera Dama, precisamente porque el casarse no es algo privado, entendido en una perspectiva individualista, sino que es esencialmente social, que concierne a la comunidad, ante la cual se unen el esposo y la esposa. Es de orden natural testimoniar la verdad del matrimonio en la intimidad del seno familiar y también en el ámbito público.