Santa Misa lunes 25 de mayo – 95º aniversario del Colegio Seminario Menor San Fidel:
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Tomado de ACI Prensa
Los apóstoles acompañaron a Jesús durante tres años en los que cultivaron una amistad personal con Él, siendo bendecidos sin medida. Es por ello que la pérdida más terrible de sus vidas ocurrió el Viernes Santo, cuando Jesús murió en la Cruz.
Sin embargo, tal como recuerda un blog publicado por el escritor Jhon Clark en el National Catholic Register, en dos de sus sermones sobre la Ascensión del Señor, el Papa León I “El Magno”, comentó que la Ascensión fue un momento de alegría para los apóstoles, y no de tristeza.
“Y, por lo tanto, los apóstoles más bendecidos y todos los discípulos, que se habían sentido desconcertados por su muerte en la cruz y hacia atrás al creer en su resurrección, se vieron tan fortalecidos por la claridad de la verdad, que cuando el Señor entró en las alturas del cielo, la tristeza no les afectó, e incluso se llenaron de una gran alegría”, afirmó el Papa.
Como se recuerda, en aquellos días los apóstoles restantes, con excepción de Juan, se vieron obligados a reflexionar sobre el hecho de que no habían estado presentes durante la Pasión y Crucifixión del Señor.
Por ello los apóstoles anhelaban volver a ver a Jesús y caer sus pies para pedir el perdón de su Amigo. Tuvieron la oportunidad.
Jesús resucitó de entre los muertos y luego se les apareció, y podemos creer que su amor y afecto por Cristo fue más fuerte que nunca en estos días después de la Resurrección.
Sin embargo, el tiempo con Él fue corto, pues apenas unas semanas después Jesús ascendió al cielo. Los apóstoles también sabían que Jesús estaba enviando al Espíritu Santo, quien los consolaría. En su Ascensión, Jesús no los abandonaba; Él iba a preparar un lugar para ellos en el Cielo, donde no hay tristeza sino solo felicidad.
El Papa León I comentó que “el motivo de su alegría fue tan grande e impronunciable cuando a la vista de la santa multitud, por encima de la dignidad de todas las criaturas celestiales, la Naturaleza de la humanidad subió para pasar por encima de las filas de los ángeles y elevarse más allá de las alturas de los arcángeles”.
“No solo la fe de los apóstoles fue confirmada por la Ascensión, sino que los apóstoles finalmente entendieron las palabras de Jesús: ‘Si voy, y prepararé un lugar para ti, volveré y te llevaré conmigo; donde yo estoy, tú también puedes estar’ (Juan 14: 3)”, reflexionó.
En ese sentido, de acuerdo con el Papa León I, los apóstoles fueron revitalizados con alegría.
Santo Tomás de Aquino dijo que uno de los efectos de la Ascensión es dar esperanza: “Al colocar en el Cielo la naturaleza humana que Él asumió, Cristo nos dio la esperanza de ir allí”, expresó el santo.
“Fuimos creados por Dios para compartir su felicidad eterna. Además, debemos regocijarnos por el hecho de que Jesús todavía está con nosotros en el Santísimo Sacramento. Y así, lo que hasta entonces era visible de nuestro Redentor se convirtió en una presencia sacramental”, recordó el Pontífice.
De igual manera, el Papa destacó que Jesús ascendió para preparar un lugar para todos los que lo aman, lo cual debe ser recordado “cuando los problemas del mundo nos agobien, cuando estemos tentados a la tristeza”.
“Cuando parece que el mal ha sido victorioso, que el diablo ha ganado de alguna manera, debemos recordar la Ascensión como prueba de que Cristo ha ganado. De hecho, Él ha conquistado el mundo. Y conquistó el mal”, afirmó.
Como lo aconsejó el Papa León I, “y así, amadísimos amores, alegrémonos con alegría espiritual, y alegremente demos gracias a Dios y levantemos los ojos de nuestros corazones sin impedimentos a aquellas alturas donde está Cristo”.
Este domingo de la Ascensión debe ser un momento de gran alegría y darnos esperanza a todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo, así como también recordar que todos están llamados al cielo.
Traducido y adaptado por Carla Marquina. Publicado originalmente en NCR
La Pastoral Social Sagrado Corazón de Jesús desea aclarar algunos puntos respecto al funcionamiento del comedor social en tiempos de pandemia:
1- El comedor sigue funcionando: brindando alimentos a adultos mayores en situación de abandono y familias vulnerables, como lo viene haciendo desde hace más de cuatro años.
2 – La actual emergencia sanitaria por el COVID 19 establece medidas de distanciamiento y de participantes en una actividad. Esto impide el funcionamiento del ESPACIO FÍSICO del comedor, tanto por el espacio como por la cantidad de personas que atendemos (más de cincuenta).
3 – Sin embargo, la ayuda se sigue dando a través de canastas con productos de primera necesidad. Estas se entregan cada veinte días por una sola persona y tomando todas las medidas preventivas correspondientes, con el fin de resguardar la salud tanto de los beneficiarios como de los voluntarios.
4 – Por otra parte, la actual situación ha hecho que tanto las donaciones de alimentos como las monetarias se vean disminuidas. Es por eso que animamos a la solidaridad de quienes puedan colaborar con el comedor, especialmente en aportes monetarios (a través de depósito), ya que nos es difícil recibir y guardar los alimentos al tener cerrado el espacio físico del comedor.
5 – Nuestros datos para depósito son:
Muchas gracias y que Dios le multiplica su generosidad.
Radio María Chile: Entrevista a nuestro Obispo, Mons. Stegmeier, sobre la vida de nuestra Iglesia diocesana en estos tiempos de pandemia. Desde el minuto 1:29:35.
https://www.facebook.com/RadioMariaChile/videos/337915533843290/?__tn__=kC-R&eid=ARBakt9AvhrviVYf3n2TliCTtEeFrx2tjcI5w-NU5P9FQ5aqfwSganTQhVLQqy5C2ElagHLrqFmPqc0P&hc_ref=ARR01oROdfYozJHHqT2kiKrLcAe5dJjF4jdG1X_r2sJMXamlb961-Oy8a-NO709_ui4&__xts__[0]=68.ARD0Gb4ktq8OyiEf5Eki58zB7Jf7GKosT-8k4BDc16TxMcc3hYWmn5z8ae29Teg0r5LPN2OGba5l9vtB5G3Yw3KVY3WXK70BUm5QVcmcyuWp0ygpjLFVj0qzoWkcf0AL98MhaJKteWqNKNkENCLtv-A7JMh4TtLNrp77-Mbg-As_TKKXMMYNBY0dQkBMKHX7D6adCNOB6IoZe7BnUrdtSz6amwETEY4KWXHQSTyGCKnvxCMD-qN_lPKLDUHQj7y-gWW0WdvKlf1IJe224AbCnOBk5l9WvKcKBOWUplF_BLtX4-Ot

(Tomado de virgendelcarmen.cl)
Si la Independencia había representado un primer momento de devoción nacional a la Patrona, el segundo gran momento fue durante la Guerra del Pacífico. Este hecho puso a dura prueba la energía y el patriotismo del pueblo chileno, situación en la que afloró espontáneamente en todos los corazones la invocación a la Madre de Chile. Las crónicas de la campaña hacen frecuente mención de oficiales y soldados que se encomendaban a Ella al entrar a los campos de batalla. Además, no sólo los marinos y militares la invocaban, sino también los 44 capellanes que asistieron espiritualmente a las tropas y que en nombre de la Carmelita motivaron y alentaron a los soldados a ser valientes y confiados. Se sabe también que el Capellán Camilo Ortúzar Montt impuso el escapulario a toda la tripulación de la Esmeralda y a su capitán Arturo Prat (El Arca de las Tres Llaves, página 28), quien al momento de morir en la rada de Iquique lo llevaba puesto. “El comandante Miguel Grau se lo devolvió después a su viuda y se conserva actualmente en el Museo del Carmen de Maipú”. (La Virgen del Carmen en Chile, historia y devoción. Myriam Duchens. Página 71)
Terminada la guerra, el 14 de marzo de 1881, el General Manuel Baquedano –interpretando el sentir de todos los chilenos- concurrió ante la imagen del Carmen y colocó su espada victoriosa en sus manos, ante las aclamaciones de una gran multitud. Con este gesto, hizo entrega solemne de su espada de la victoria a la Patrona Jurada del Ejército de Chile.

Cofre que contiene las medallas regaladas por los veteranos de la Guerra del Pacífico a la Virgen del Carmen con motivo de su coronación Fotografía Cofradía Nacional del Carmen.
Poco tiempo después, en el año 1887, Monseñor Ramón Ángel Jara -autor de la tradicional Oración a la Virgen del Carmen por Chile- concibió la idea de levantar un monumento de gratitud a la Virgen, en el propio Monte Carmelo. Con el bronce de cañones del Ejército chileno hizo fundir una imagen de la Virgen, la que -colocada en un monumento de granito- permanece hasta hoy a la vista de los peregrinos que llegan a rezar al monte santo.
Hermanos en Jesucristo:
Hoy, 18 de mayo, se cumplen cien años del nacimiento de Karol Wojtyla, más conocido como Juan Pablo II. Recordemos que a dónde él iba, las multitudes le decían: “Te quiere todo el mundo”. Esta aclamación puede ser tomada casi en sentido literal, porque este Papa abarcó todos los confines de la tierra en sus viajes apostólicos anunciando a Cristo como el Redentor del hombre, llegando a reunirse con millones de personas, como nunca nadie en toda la historia.
El Señor preparó desde muy temprano a Karol para la gran misión a la que estaba llamado. Su fe en Cristo se fue fortaleciendo por medio de las pruebas y del dolor. Siendo muy joven perdió a sus padres y a su hermano y, además, sufrió la opresión totalitaria del nazismo y del comunismo.
Para ser sacerdote tuvo que estudiar en la persecución y en la clandestinidad, a la par que realizaba el duro trabajo como obrero en una cantera. Su ordenación sacerdotal también tuvo que ser a escondidas y en solitario en lo oculto de una pequeña capilla.
En tal situación, el futuro Papa fue experimentando la presencia de Cristo en su vida como luz interior, alegría espiritual, fortaleza de ánimo y ardor apostólico. Ante la ausencia física de sus seres queridos, Cristo se convirtió vitalmente en su Señor, en su Amigo y Maestro, en su Compañero de ruta. En la intimidad de la oración se fue fraguando en él un corazón enamorado de Cristo e inflamado en las ansias de anunciar su Evangelio por todas partes.
Al asumir como Papa, con su potente voz le dijo al mundo: “¡No tengan miedo! ¡Abran, sí, abran de par en par las puertas a Cristo!”. Todo el ministerio de San Juan Pablo II tuvo como centro a Jesucristo y el amor misericordioso de su Corazón por toda la humanidad. Aún resuena en nuestros oídos su grito ante miles de jóvenes diciendo que a quien se debe mirar siempre es a Cristo: “Miradlo a Él”.
La centralidad de la misericordia en el corazón y en la predicación de San Juan Pablo II lo llevó a decir en Chile: “El amor es más fuerte”. Es decir, en el amor de Cristo está la certeza del triunfo final del bien por sobre el mal. En tiempos difíciles, la fe en la misericordia del Corazón de Cristo es el fundamento de nuestra esperanza cristiana.
La fe de San Juan Pablo II en Cristo le llevó a tener una tierna devoción a su Madre, la Virgen. Por eso su lema como Papa fue “Todo tuyo”, María.
En este día, digamos al Señor: “Oh, Dios, rico en misericordia, que has querido que San Juan Pablo, papa, guiara toda tu Iglesia, te pedimos que, instruidos por sus enseñanzas, nos concedas abrir confiadamente nuestros corazones a la gracia salvadora de Cristo, único Redentor del hombre”.
+ Mons. Francisco Javier Stegmeier
Obispo de Villarrica
Tomado de ACI Prensa
San Juan Pablo II “se nos presenta como el padre que nos deja ver la misericordia y la bondad de Dios”, afirmó el Papa Emérito Benedicto XVI en una carta escrita por los cien años del nacimiento de su predecesor.
Se trata de una carta que el Papa Emérito envió al Cardenal Stanisław Dziwisz, que durante 40 años fue secretario personal del santo polaco.
Como se recuerda, Benedicto XVI también tuvo una relación estrecha con San Juan Pablo II, de quien fue prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe entre 1981 y 2005, como Cardenal Joseph Ratzinger.
En la carta con fecha 4 de mayo y escrita originalmente en alemán, Benedicto XVI hace un recuento de la vida de San Juan Pablo II, su formación para el sacerdocio durante la ocupación soviética de Polonia, el Concilio Vaticano II, su llamado apenas fue elegido Papa a no temer miedo y abrir las puertas a Cristo, pero en especial su amor por la Divina Misericordia.
Además de destacar “la humildad de este gran Papa”, Benedicto XVI recordó que en su funeral muchos clamaron “santo súbito” y también que fuera proclamado “Magno”.
“Dejamos abierto si el epíteto «magno» prevalecerá o no. Es cierto que el poder y la bondad de Dios se hicieron visibles para todos nosotros en Juan Pablo II. En un momento en que la Iglesia sufre una vez más la aflicción del mal, este es para nosotros un signo de esperanza y confianza”, escribe el Papa Emérito.
A continuación la carta completa que Benedicto XVI escribió por el centenario del nacimiento de San Juan Pablo II:
Ciudad del Vaticano
4 de mayo del 2020
El 18 de mayo, se cumplirán 100 años desde que el papa Juan Pablo II nació en la pequeña ciudad polaca de Wadowice.
Polonia, dividida durante más de 100 años por las tres grandes potencias vecinas – Prusia, Rusia y Austria –, había recuperado su independencia al final de la Primera Guerra Mundial. Fue una época llena de esperanza, pero también de dificultades, ya que la presión de las dos grandes potencias, Alemania y Rusia, siguió pesando sobre el Estado que se estaba reorganizando. En esta situación de angustia, pero sobre todo de esperanza, creció el joven Karol Wojtyla, que perdió muy pronto a su madre, a su hermano y, finalmente, a su padre, de quien había aprendido una piedad profunda y cálida. El joven Karol era particularmente apasionado de la literatura y el teatro, y después de estudiar para sus exámenes de secundaria, comenzó a dedicarse más a estas materias.
«Para evitar la deportación, en el otoño de 1940, comenzó a trabajar en una cantera que pertenecía a la fábrica química de Solvay» (cf. Don y Misterio). «En Cracovia, había ingresado en secreto en el Seminario. Mientras trabajaba como obrero en una fábrica, comenzó a estudiar teología con viejos libros de texto, para poder ser ordenado sacerdote el 1 de noviembre de 1946» (cf. Ibid.). Por supuesto, no solo estudió teología en los libros, sino también a partir de la situación específica que pesaba sobre él y su país. Es una especie de característica de toda su vida y su trabajo. Estudia con libros, pero experimenta y sufre las cuestiones que están detrás del material impreso. Para él, como joven obispo – obispo auxiliar desde 1958, arzobispo de Cracovia desde 1964 – el Concilio Vaticano II se convirtió en una escuela para toda su vida y su trabajo. Las grandes preguntas que surgieron especialmente sobre el llamado Esquema 13 – luego Constitución Gaudium et Spes – fueron sus preguntas personales. Las respuestas desarrolladas en el Concilio le mostraron el camino a seguir para su trabajo como obispo y luego como Papa.
Cuando el cardenal Wojtyla fue elegido sucesor de San Pedro el 16 de octubre de 1978, la Iglesia estaba en una situación desesperada. Las deliberaciones del Concilio se presentaban al público como una disputa sobre la fe misma, lo que parecía privarla de su certeza indudable e inviolable. Un pastor bávaro, por ejemplo, comentando la situación, decía: «Al final, hemos acogido una fe falsa». Esta sensación de que no había nada seguro, de que todo estaba en cuestión, fue alimentada por la forma en que se implementó la reforma litúrgica. Al final, todo parecía factible en la liturgia. Pablo VI había cerrado el Concilio con energía y determinación, pero luego, una vez terminado, se vio confrontado con más asuntos, siempre más urgentes, lo que finalmente puso en tela de juicio a la Iglesia misma. Los sociólogos compararon la situación de la Iglesia en ese momento con la de la Unión Soviética bajo Gorbachov, cuando toda la poderosa estructura del Estado finalmente se derrumbó en un intento de reformarla.
Una tarea que superaba las fuerzas humanas esperaba al nuevo Papa. Sin embargo, desde el primer momento, Juan Pablo II despertó un nuevo entusiasmo por Cristo y su Iglesia. Primero lo hizo con el grito del sermón al comienzo de su pontificado: «¡No tengan miedo! ¡Abran, sí, abran de par en par las puertas a Cristo!» Este tono finalmente determinó todo su pontificado y lo convirtió en un renovado liberador de la Iglesia. Esto estaba condicionado por el hecho de que el nuevo Papa provenía de un país donde el Concilio había sido bien recibido: no el cuestionamiento de todo, sino más bien la alegre renovación de todo.
El Papa ha viajado por el mundo en 104 grandes viajes pastorales y proclamó el Evangelio en todas partes como una alegría, cumpliendo así su obligación de defender el bien, de defender a Cristo.
En 14 encíclicas, volvió a exponer completamente la fe de la Iglesia y su doctrina humana. Inevitablemente, al hacerlo, provocó oposición en las iglesias del Occidente llenas de dudas.
Hoy, me parece importante enfatizar sobre todo el verdadero centro desde el cual debe leerse el mensaje de sus diferentes textos. Este centro vino a la atención de todos nosotros en el momento de su muerte. El Papa Juan Pablo II murió en las primeras horas de la nueva fiesta de la Divina Misericordia. Permítanme agregar primero un pequeño comentario personal que revela un aspecto importante del ser y el trabajo del Papa. Desde el principio, Juan Pablo II se sintió profundamente conmovido por el mensaje de Faustina Kowalska, una monja de Cracovia, que destacó la Divina Misericordia como un centro esencial de la fe cristiana y deseaba una celebración con este motivo. Después de todas las consultas, el Papa había escogido el domingo in albis. Sin embargo, antes de tomar la decisión final, le pidió a la Congregación de la Fe su opinión sobre la conveniencia de esta fecha. Dijimos que no porque pensamos que una fecha tan antigua y llena de contenido como la del domingo in albis no debería sobrecargarse con nuevas ideas. Ciertamente no fue fácil para el Santo Padre aceptar nuestro no. Pero lo hizo con toda humildad y aceptó el no de nuestro lado por segunda vez. Finalmente, hizo una propuesta dejando el histórico domingo in albis, pero incorporando la Divina Misericordia en su mensaje original. En otras ocasiones, de vez en cuando, me impresionó la humildad de este gran Papa, que renunció a las ideas de lo que deseaba porque no recibió la aprobación de los organismos oficiales que, según las reglas clásicas, había de consultar.
Mientras Juan Pablo II vivió sus últimos momentos en este mundo, la Fiesta de la Divina Misericordia acababa de comenzar tras la oración de las primeras vísperas. Esta celebración iluminó la hora de su muerte: la luz de la misericordia de Dios se presenta como un mensaje reconfortante sobre su muerte. En su último libro, Memoria e Identidad, publicado en la víspera de su muerte, el Papa resumió una vez más el mensaje de la Divina Misericordia. Señaló que la hermana Faustina murió antes de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, pero que ya había dado la respuesta del Señor a este horror insoportable. Era como si Cristo quisiera decir a través de Faustina: «El mal no obtendrá la victoria final. El misterio pascual confirma que el bien prevalecerá, que la vida triunfará sobre la muerte y que el amor triunfará sobre el odio».
A lo largo de su vida, el Papa buscó apropiarse subjetivamente del centro objetivo de la fe cristiana, que es la doctrina de la salvación, y ayudar a otros a apropiarse de ella. A través de Cristo resucitado, la misericordia de Dios es para cada individuo. Aunque este centro de la existencia cristiana solo nos lo da la fe, también es importante filosóficamente, porque si la misericordia de Dios no es un hecho, debemos encontrar nuestro camino en un mundo donde el poder último del bien contra el mal es incierto. Después de todo, más allá de este significado histórico objetivo, es esencial que todos sepan que, al final, la misericordia de Dios es más fuerte que nuestra debilidad. Además, en esta etapa actual, también se puede encontrar la unidad interior entre el mensaje de Juan Pablo II y las intenciones fundamentales del Papa Francisco: Juan Pablo II no es un rigorista moral, como algunos lo intentan dibujar en parte. Con la centralidad de la misericordia divina, nos da la oportunidad de aceptar el requerimiento moral del hombre, aunque nunca podemos cumplirlo por completo. Sin embargo, nuestros esfuerzos morales se hacen a la luz de la divina misericordia, que resulta ser una fuerza curativa para nuestra debilidad.
Cuando murió el Papa Juan Pablo II, la Plaza de San Pedro estaba llena de personas, especialmente jóvenes, que querían encontrarse con su Papa por última vez. No puedo olvidar el momento en que Mons. Sandri anunció el mensaje de la partida del Papa. Sobre todo, el momento en que la gran campana de San Pedro repicó, hizo que este mensaje resultara inolvidable. El día del funeral, había muchas pancartas diciendo «¡Santo súbito!». Eso fue un grito que, de todos lados, surgió a partir del encuentro con Juan Pablo II. No solo en la plaza, sino también en varios círculos intelectuales, se discutió la idea de darle el título de «Magno» a Juan Pablo II.
La palabra «santo» indica la esfera de Dios y la palabra «magno» la dimensión humana. Según el reglamento de la Iglesia, la santidad puede ser reconocida por dos criterios: las virtudes heroicas y el milagro. Los dos criterios están estrechamente vinculados. La expresión «virtud heroica» no significa una especie de hazaña olímpica; al contrario, en y a través de una persona se revela algo que no proviene de él, sino que se hace visible la obra de Dios en y a través de él. No es una competencia moral de la persona, sino renunciar a la propia grandeza. El punto es que una persona deja que Dios trabaje en ella, y así el trabajo y el poder de Dios se hacen visibles a través de ella.
Lo mismo se aplica a la prueba del milagro: aquí tampoco se trata de un evento sensacional sino de la revelación de la bondad de Dios que cura de una manera que va más allá de las meras posibilidades humanas. El santo es un hombre abierto a Dios e imbuido de Dios. El que se aleja de sí mismo y nos deja ver y reconocer a Dios es santo. Verificar esto legalmente, en la medida de lo posible, es el significado de los dos procesos de beatificación y canonización. En los casos de Juan Pablo II, ambos procesos se hicieron estrictamente de acuerdo a las reglas aplicables. Por lo tanto, ahora se nos presenta como el padre que nos deja ver la misericordia y la bondad de Dios.
Es más difícil definir correctamente el término «magno». Durante los casi 2.000 años de historia del papado, el título «Magno» solo prevaleció para dos papas: León I (440-461) y Gregorio I (590-604). La palabra «magno» tiene una connotación política en ambos, en la medida en que algo del misterio de Dios mismo se hace visible a través de la actuación política. A través del diálogo, León Magno logró convencer a Atila, el Príncipe de los Hunos, para que perdonara a Roma, la ciudad de los príncipes de los apóstoles Pedro y Pablo. Desarmado, sin poder militar o político, sino por el solo poder de la convicción por su fe, logró convencer al temido tirano para que perdonara a Roma. El espíritu demostró ser más fuerte en la lucha entre espíritu y poder.
Aunque Gregorio I no tuvo un éxito tan espectacular, también logró proteger a Roma contra los lombardos, de nuevo al oponerse el espíritu al poder y alcanzar la victoria del espíritu.
Si comparamos la historia de los dos Papas con la de Juan Pablo II, su similitud es evidente. Juan Pablo II tampoco tenía poder militar o político. Durante las deliberaciones sobre la forma futura de Europa y Alemania, en febrero de 1945, se observó que la opinión del Papa también debía tenerse en cuenta. Entonces Stalin preguntó: «¿Cuántas divisiones tiene el Papa?». Es claro que el Papa no tiene divisiones a su disposición. Pero el poder de la fe resultó ser un poder que finalmente derrocó el sistema de poder soviético en 1989 y permitió un nuevo comienzo. Es indiscutible que la fe del Papa fue un elemento esencial en el derrumbe del poder comunista. Así que la grandeza evidente en León I y Gregorio I es ciertamente visible también en Juan Pablo II.
Dejamos abierto si el epíteto «magno» prevalecerá o no. Es cierto que el poder y la bondad de Dios se hicieron visibles para todos nosotros en Juan Pablo II. En un momento en que la Iglesia sufre una vez más la aflicción del mal, este es para nosotros un signo de esperanza y confianza.
Querido San Juan Pablo II, ¡ruega por nosotros!
Benedicto XVI
Tomado de ACI Prensa
Un día como hoy hace cien años nació San Juan Pablo II en la pequeña ciudad polaca de Wadowice, a 50 kilómetros de Cracovia, en Polonia. A pesar de la pandemia, hoy sus fieles devotos en todo el mundo lo recuerdan con especial cariño en el día del centenario de su nacimiento.
Karol Józef Wojtyla es el nombre que le dieron al Papa peregrino que nació el 18 de mayo de 1920. Fue el menor de tres hermanos: Edmund llegó a ser médico y a Olga el santo no la pudo conocer, porque murió antes de que él naciera.
Su padre fue Karol Wojtyla, un suboficial del ejército que falleció en 1941, y su madre, Emilia Kaczorowska, murió en 1929. San Juan Pablo II tenía apenas nueve años.
Durante su pontificado, solía pasar su cumpleaños como un “día normal” de trabajo, como lo describió en el año 2004 quien fuera director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, Joaquín Navarro-Valls, al narrar a los medios de comunicación cómo el Santo Padre pasaría su onomástico número 84, el último de su vida.
En esa oportunidad Navarro-Valls detalló que “para el Santo Padre hoy (18 de mayo de 2004) ha sido una jornada de trabajo normal y sobre todo de acción de gracias a Dios por el don de la vida. La única cosa extraordinaria ha sido que ha invitado a almorzar a sus más estrechos colaboradores de la Curia Romana”.
San Juan Pablo II solía recibir saludos y felicitaciones de todo el mundo en su cumpleaños, no solo de católicos que también le ofrecían sus oraciones, sino también de personalidades de la política, empresarios, artistas, entre otros.
Luego de su muerte en 2005, los fieles siguieron recordando y festejando la fecha de su cumpleaños. El 18 de mayo de 2011 por ejemplo, cuando ya era Beato, se inauguró en Roma una gran estatua de bronce dedicada a su memoria.
En esa oportunidad, el entonces Vicario General de Roma, Cardenal Agostino Vallini, dijo a ACI Prensa que “esta estatua quiere decir que no está él en sí mismo sino su corazón dando la bienvenida a todos. Creo que este es el gran mensaje que necesitamos hoy día”.
Este año, la Conferencia de Obispos de Polonia impulsó el #ThankYouJohnPaul2 (Gracias, Juan Pablo II), una iniciativa global que busca mostrar el cariño que las personas tienen a San Juan Pablo II.
Esta iniciativa busca agradecer “por todos los encuentros con él en que tuvimos la suerte de participar, por sus palabras que más recordamos, por las inspiraciones que ha dado y suscita en nosotros”, señaló en un comunicado el presidente de la Conferencia de los Obispos Polacos, Mons. Stanislaw Gadecki.
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Diócesis de Villarrica
Fono: +56 (45) 2202600
Villarrica, Araucanía, Chile
Perteneciente a la Provincia Eclesiástica de Concepción